LIMPIANDO
EL TEJADO
Somos muchos en casa y madre nos
invitó a limpiar el tejado cuando palidecían las bruces cálidas del estío y
dormían los niños en la alcoba del fondo, todos juntos, revueltos en el sudor y
en el cariño; posiblemente no fuera el tiempo adecuado ni la manera ni tal vez
la hora pero había que conformar la petición que así ella volvía a representar
su entusiasmo y nos premiaba con un buen guiso de habichuelas, una ensalada de
orégano y unas ricas cerezas del árbol de sus deseos que llenaba el jardín de
sombra y esperanzas. Siempre supimos que limpiar el tejado en el concepto de
madre tenía una referencia explícita en limpiar la vida en general, repasar lo
viejo, ordenar las ideas, hacer pronósticos, consolidar los proyectos y
expresar cada uno las incidencias encontradas en los momentos de nuestras
ausencias de la casa adonde acudíamos cuando el verano se ponía crudo y
apretaba esa parte sedienta que llevamos dentro, a veces sin saberlo, a veces
sin olvidarlo.
Subimos al tejado con buena pausa y
pisando tiernamente las tejas para evitar su rotura, estaba lleno de pájaros
que volaron con el mismo ademán que nosotros resbalábamos sin llegar a caernos
del todo, simularon que se marchaban al aire pero hacían a nuestro alrededor
sus piruetas rituales piando y pareciendo gozar al tiempo que se posaban en lo
más lejano de nosotros; notamos el verdín aún con visos de humedad, los huecos
con hojas, las curvas secas y deslizantes, las inclinaciones más severas y
notándose en el color de las tejas el inexorable paso del tiempo por su piel;
hicimos la mañana todos los hermanos en el lugar más alto de nuestra
consideración y acabada la tarea nos sentamos en el caballete de la sombra para
empezar a darle contenido al placer de vivir. En rato largo sondeamos la
memoria, fuimos al bosque en las primicias del otoño, nos sentamos en las
piedras, corrimos por los charcos, comenzamos a amar y volamos a otros
espacios adonde la luz precisaba de
nosotros o nosotros éramos la luz, anduvimos las caminatas que el tajo impuso,
nos hicimos cada vez más personas y
también rompimos esquemas y quemamos sentimientos, todo eso recordamos en el
tejado, luego nos reímos al compararnos con los pájaros que siempre se iban del
tejado, volaban y volvían a posarse como custodiando la paz del lugar o tal vez
-como los pájaros- para nunca despegarnos del todo de la nostalgia.
Al bajarnos madre nos suponía
limpios, se esmeró en la comida, llamamos a los niños y nos sentamos a su
alrededor con la vaga intención de darle cuentas de las adversidades
encontradas en la limpieza del tejado, intentamos desviarle del asunto contando
cosas menos importantes pero ella no perdía su costumbre de dominarnos y de
llevar por delante las vidas de cada uno de sus hijos y sus consecuencias y sus
merecimientos y hasta sus desencantos. Ella era así de consecuente y nosotros
sabíamos de sobra que venir al campo suponía dejarle una confesión orgánica y
veraz de nuestros afanes y nuestras andanzas, nos conocía y quería estar con
nosotros en todos los instantes, respirar con nosotros, alardear, presumir y
alcanzar metas con nosotros.
Padre nos dejó unos años atrás y nos
convertimos en humanos pegados al sentimiento común que pronosticaba y conducía
madre. Le hablamos del verdín como un amago de conspiración contra el desapego,
el tejado lo tenía como protector y como adorno, siempre aparecía en las
primeras lluvias, se dejaba crecer y nunca soñaba grandezas en demasía, el
verdín del tejado no era invasor, aparentaba no conocernos y se secaba a gusto
después de recorrer los ciclos; recordamos a las hojas esparcidas que a veces
taponaban los cauces del agua en la liturgia de las tejas pero se bajaban en
las tormentas y dejaban expedita la senda para la misión de las luces; cuáles
serían en la realidad nuestras hojas produjo debate en posiciones diversas, que
las hojas son las inquietudes o que son las incidencias, que las luces que se
llevan la llovizna son las soluciones, que las tormentas son figuraciones de la
mente y que los cauces del agua se nutren de deseos que empujan con aliento;
las conversaciones entre hermanos gratifican las fuentes de las emociones, la
causa para el encuentro contiene el máximo de ellas, si acaso ponerse traje de
respeto colabora se construye casi sin pensarlo un manifiesto escrito en el
alma para saber evaluar los tropiezos posteriores y buscar en cualquiera de las
lagunas secas los encantos de la existencia.
En la sobremesa del almuerzo el
reloj fue irreal, inocuo y falto de tarea, nadie le asestó relación de
compromiso con la tertulia, madre escuchaba con delicadeza las palabras, los
niños jugaban con felicidad en el trastero y nosotros empezábamos a conjugar la
vida con la idealización de los pronombres y huyendo del tópico encorsetamiento
en los individualismos; de esta fórmula fue partidario padre durante su
existencia, nos preparó para compartir ansias de vida en colectividad. Ahora
repasamos lo viejo en un talud consciente del repecho poniendo en práctica las
consignas de nuestros progenitores, nos consideramos capaces de haber captado
el mensaje, de ser para nosotros mismos nuestros pequeños héroes y de ser humanos frutos de una conciencia
comunitaria.
Sin proponernos acabar la tarde
brindamos ante un ocaso servicial que nos aguantó pasionalmente los requiebros
y las canciones que sonaron a coro en un ambiente de afectividad y moderada
alegría, son días amables que escriben los calendarios sin un previo anuncio,
días cualesquiera de postín sin onomásticas, cumpleaños o fiestas de guardar,
días que nacen grises y terminan esplendorosos, quizá contradiciendo el
recorrido de la luz.
En este universo familiar inventado
de la nada cincuenta años atrás, anegado cientos de veces en inseguridades,
perdido en cábalas en noches de dolor y agonías, fraccionado por la muerte en
ocasiones, sufridor aleatorio según mandaran los destinos, prosaico y rudo
concebido para llevar férulas o coronas; en este universo de gritos al aire y
voluntades con miedos, de tímidos y agnósticos, de desertores y sonámbulos,
idos de tantas soledades y venidos de tantísimos abrazos, en este mismo
universo de clarividencias y distracciones, de fracasos en tropeles,
habilidades por doquier, torpezas al uso, misiones imposibles contra la
adversidad de los sueños no cumplidos, en este universo imperó sobradamente la
desgana y fue horadado en miserias de
desalientos durante toda la proyección de sus motivaciones. Aquí, en este
universo de telarañas, nunca se celebraron las victorias ni se magnificaron las
derrotas, se vivió como si la tormenta hubiera pasado de largo, luego se
recogieron las goteras, se taparon los charcos, se observaron las canales, se
limpiaron los tejados con la tenacidad aprendida y empezamos a cantar y a reír
con el alma de madre reinando en el sentido común de nuestras lealtades.
Somos muchos en casa, el tiempo nos
ha hecho a este modo. Antes de partir a los sitios donde se desarrollan las
vidas y donde se pagan caros los descuidos, hicimos mención general al deber y
al placer, cursamos juntos la continuidad de los sentimientos en la jornada que
madre nos hizo tan amorosa como siempre y al intentar despedirnos, en la misma
efusión de cada apretado abrazo, caímos
en la cuenta de habernos olvidado de nuestras personales desarmonías, de la
sociedad y del mundo, constando en el acta solo la evolución tan favorable dada
a la consolidación de nuestro universo familiar sin haber necesitado
injerencias, protocolos, publicidad y credos.
Madre nos achuchó con sabiduría y
nos preparó el discurso de los consejos para seguir sosteniendo el equilibrio
en los extraños envites que nos esperaban, lloramos con lágrimas nuevas,
entonamos la canción del adiós y los niños convencieron a madre para ser ellos
quienes limpiaran el tejado en el próximo estío.
