Tú, de esperanzada gloria, de fugaz olvido,
aventurera, ígnea, calenturienta y raza,
caparazón de arcilla y corazón de oro.
Tú, amada tierra madre, precoz en lances
que a la historia otorgas,
rímel de metales a la sazón pasiones
de quererte, por quererte, por romperte
para surtirnos fuentes de alimento. Acorazada
tú, por dientes de corta, hecha, amable a filones vivos,
a mordiscos saciadores, a poemas de barrenos,
a profundidades y a lodos de cobre.
Es tu tiempo ahora, con la consigna del siglo
te han llegado las celebraciones,
estás en las manos pequeñas de los niños
estás en una página mentirosa que te anuncia advocaciones
sin prefacios de halagos.
Tú, Tharsis amado, tú, eres la historia. Quién sabrá de tí los esplendores bíblicos,
a tu cuerpo herido por la herida.
Quién sino yo y los míos de tu vera, los tuyos,
habremos de defenderte hasta mil eternidades,
quién sino los aventureros de siempre que viste nacer
y morir sin renunciarte, te acunarán en albricias
de algodón esperando otras glorias.
Nosotros, sólo nosotros, los tuyos, hemos de remediar
las faces opacas que los destinos te anuncian.
Nosotros, estaremos en tí, sin perdones ni prisas,
nos ataremos a tí hasta que el alma consiga vencer a los miedos.
A tí, dios Tharsis, a tí, ahítos de amor, contigo ,
capaces y erectos, con la fe de nuestra verdad
proclamamos defensa y pleitesía.