Este vocablo, de menos uso lingüístico que antaño, proviene genéticamente del latín tardío “pellicea” cuyo significado se traduce en “una prenda de abrigo hecha o forrada de piel fina”; tuvo después sus derivaciones y a cualquier chaquetón grande y capaz de impedir la entrada del frío en el cuerpo se le llamó “pelliza” e incluso “pellica”. Por estas tierras, no especialmente duras en los inviernos, parecía natural encontrar personas mayores con su pelliza y su gorra. El tiempo ha ido creando sus sinónimos y ahora una zamarra, un tabardo, una cazadora, o un gabán se han convertido en esos sinónimos que reflejan tal vez cosa distinta a la pelliza pero que han venido a sustituirla. Aquella voz primigenia casi que es solo nostalgia. Ahí queda.
Ramón Llanes. 11.02.2026.

