CONVERSACIONES DE TABERNA
Repasar lo antiguo sin necesidad de añadirle nostalgia agrada o al menos entretiene; si acaso se vuelca el recuerdo en lugar compartido con personas de la misma o cercana crianza, produce diversión; el complemento de la habitualidad con un hilo genérico consentido, aumenta el placer; si se reproduce en torno a hechos graciosos acaecidos que están inscritos en la memoria, emociona. Y consumir a diario este alimento espiritualizado se entiende como eficaz para el buen desarrollo de la vida. De ahí que conversar en una taberna con personas del mismo paisaje y de igual paisanaje, supone para todos un deleite que se eleva a más altitud si se trata con amigos de similares edades e identidades. Advierten las normas que las amables relaciones favorecen los estados de felicidad; la taberna es un lugar que posee esa magia de acudir cada cual a la leyenda, al cuento y al pasado a sabiendas de producir acercamientos de afectos con las dosis lógicas de ampliar los conocimientos de todos los adictos a estos efusivos diálogos donde prevalece el sentido de la homogeneidad en el educado debate.
Llegar a la hora exacta a la taberna, encontrar a los mismos, saludarnos tal vez sin necesitar más palabras que una sonrisa o un gesto cómplice, ocupar la misma silla, tomar la misma copa e hipotecar con honor ese rato único del día por saber de la plenitud del momento, significa resolver la supervivencia al estilo más fácil y elegante que ofrecen el tiempo y los compañeros de tertulia. Perderse en ello es olvidarse de absurdos pensamientos, falsas guerras y sucias opulencias.
Aun así, lo más importante de todo se configura en la aceptación de los códigos especiales que se imponen en esta costumbre de reunirse en una taberna para hablar y reírnos de nosotros. Me voy, no quiero llegar tarde.
Ramón Llanes. 15.03.2026