RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

martes, 4 de agosto de 2026

ESCOCESES

 ESCOCESES

Escoceses convivieron esta con nocotros cuando las minas estaban en una producción singular y fueron ellos los dirigentes y acompañantes en el difícil arte de sacarle rendimiento a la tierra. Los recuerdos son sucesiones constantes de una alta disciplina impuesta desde siempre, una prohibición arcaica de mezclas amorosas con los habitantes de la zona y una especial atención a la enseñanza y a la cultura.
Aquellos Makencie, Rudelford, Rentout, Gray, Crossman y otros muchos, formaron vida en estos terruños y marcaban las pautas de convivencia y constituían el poder casi único a distinguir y a obedecer; Glasgow era la capital de estas minas, desde donde hasta los lápices, la tinta y los métodos llegaron a las escuelas durante muchos lustros. La experiencia, vista desde esta distancia, no ha quedado como negativa en la memoria, fueron muchos los beneficios que dejaron. Y quizá venga ahora a recordarnos que nunca se deban los escoceses al olvido por estos afables lares.
Ramón Llanes.

CASI EN LA LUNA

 CASI EN LA LUNA.

Otra marea de calor sacude estas orillas tenues ocre-pálido, los senderos del puente, la espuma bordeada de la mar inquieta, llaman a verano, la luciérnaga se confunde con el crepúsculo, la tarde suele ser un delirio. Lugar propicio para el amor, con esta nota cadenciosa de sensualidad, es cualquier parte; cosas del sur.
Igual llaman a los ojos, otros ojos, una consigna de entregas con el escalofrío en los labios y dos enamorados perdidos por un espacio sin tiempo ni horas, remedan leyendas. Sube la novia boca de flan hasta la altura de la boca del novio y sellan el invento mientras ha comenzado la sangre en hervores de pasión, solo es el paisaje, la tarde vigilando y avispas en un cajón gris. Muy por encima una luna felizmente llena.
-Te habrán dicho que el amor es un veneno.
-Calla y sigue besándome.
Rllanes.

FANDANGO. AL AIRE


 

lunes, 3 de agosto de 2026

NOTAS DE AYER

notas de ayer
Ayer mintió el viento
y mintieron los acuíferos de la vega,
mintieron las amígdalas rosadas,
mintió el rey de la colmena donde amielo
besos y arrumacos,
mintió el mar que se hundió en el silencio
para no hablar de nosotros.
Ayer nos mintió la verdad
que soñamos en la alcoba,
se tendió dormida sin esperarnos.
Ayer nos mintieron las palabras
del gozne y la horquilla.
Ayer, amor, nos mintió la vida.
Nos valió más volvernos locos
sin locura.
Ramón Llanes.

AHORA

AHORA
Este solsticio me lleva
a desterrar ese honor
de patrias que son ajenas
a los sueños y al clamor
en esa Paz mía y nuestra
con gritos y con tesón
donde alma es la quimera
y utopía la razón.
Ramón Llanes.

domingo, 2 de agosto de 2026

LA OTRA MITAD DEL SUEÑO

 LA OTRA MITAD DEL SUEÑO.

 

 

Nunca pude contar mi primer viaje en tren, a poco de cumplir los 10 años. Un niño aún en toda la extensión de la palabra y del concepto, un niño que usaba pantalón corto y sandalias de goma, sin pensar en otra cosa que no fueran los cromos, las pandorgas y otros artilugios de juegos propios de la edad, de la costumbre y del ámbito.

Y recuerdo, con total nitidez, un lunes de agosto, en una estación de ferrocarril, con mi madre y dos de mis hermanos dispuestos a realizar una pequeña aventura por otros mundos (¡ilusos, la distancia no era mayor de cincuenta kilómetros!), con la idea puesta en descubrir quizá algo más de bienestar, quizá caras nuevas y gestos nunca observados. En los niños cualquier prueba es una sorpresa y ya mis ojos estaban necesitando otros paisajes. Lo hicimos con las condiciones previstas y cumpliendo los horarios. A las ocho menos cuarto subimos el peldaño-escalerilla del vagón de cola y ganamos allí la primera ilusión. Hemos cumplido un deseo, nos dijimos. Faltaban muchos, no me perdería  siquiera un detalle del tren, la velocidad, el humo, los campos, la felicidad de las gentes que viajan y la emoción de mi madre viéndonos disfrutar como mocosos de aquel sencillo placer lento, cansino, incómodo y mugriento.

Fue sonar por última vez la campana que otorgaba salida y vía libre, echar a andar aquel inmenso trasto y quedarme dormido con una bendición de alegría y cara de niño bueno, en el regazo de mi madre, mientras, mis hermanos, imagino, se obligarían a testificarme los sucedido después de dar mil vueltas por el estrecho pasillo del vagón de cola.

Al menos me acompañó un sueño apacible, fabricado en el asiento de rejillas de madera que se me clavaban en todo el cuerpo necesitando de movimientos contínuos y desperezos para deshacerme del dolor en la espalda. Y soñé que en la siguiente estación ocupó el lugar en mi vagón un señor alto, de aspecto tranquilo, que llevaba un maletín negro, que hizo abrir al instante sacando de él un cuaderno y varios lápices de colores ya muy usados y comenzó a pintarme; al tiempo que trazaba las líneas de mi figura me hacía preguntas insignificantes sobre mis juegos preferidos. Sin levantar apenas la cabeza del dibujo me insinuó en voz baja:

-         Y ¿qué serás de mayor?.

Muchas veces en los diez años me habían acosado con esta dichosa pregunta que, a juzgar por la insistencia de los mayores, debía ser importantísima y primordial en la vida de un niño. Y jamás, a mi edad, tuve la osadía de responderla con tanta convicción y entusiasmo, debido tal vez a la manera tan  agradable de hacérmela.

-         Pintor, como usted.

-         Yo no soy pintor, solo pinto en mis ratos de ocio y cuando me siento especialmente inspirado.

No entenderé por qué me salió aquella respuesta tan rápida y tan tajante. Jamás había pensado en dedicarme a la pintura aunque a decir verdad cada día soñaba con algo nuevo y había pasado ya por cura, escritor, abogado, constructor, editor o cantante, pero la pintura no formaba parte de mis debilidades artísticas. Ahora que lo cuento, ya con la edad notándoseme en los pelos y en las sienes, no me dediqué a la pintura pero maté mi gusanillo con unos cuadros de paisajes que aún se conservan en una pared de  mi casa.

Este señor me inspiraba una especial confianza, le notaba nobleza y buena voluntad y a la vez lo suponía muy inteligente. Sus manos eran blancas con algunas manchas marrón oscuro, sin dar la sensación de tener enfermedad alguna. Era correcto en sus modales, vestía chaqueta azul tipo bohemio, una camisa blanca y una corbata roja sencilla pero llamativa; le observé un pico de su pañuelo asomando por el bolsillo alto de la chaqueta, usaba gafas pequeñas para pintar y miraba de reojo la ventanilla como queriendo inspirarse en la velocidad o el paisaje; por todo esto y por muchos más detalles me transmitía confianza.

-         Pues yo quiero ser pintor.

Me sentí subyugado por su personalidad sin pretender capacitarme para confesárselo, más bien por respeto.

Mi madre hacía puntos con unas agujas gordas y mis hermanos permanecían asomados a la ventanilla dando algún que otro grito de sorpresa; mis hermanos eran menores que yo y gozaban de otras licencias para las travesuras.

Momentos después de haber iniciado la conversación y observarle tan detenidamente como para aprenderle de pronto su arte y su elegancia, sin soltar el lápiz negro y tomando las gafas en su mano derecha me miró con fijeza a los ojos hasta conmoverme y me dijo:

-         Te contaré algo. Cuando tuve edad de volar quise hacerlo por mis propios medios sin solicitar un consejo y más bien animado por la moda de aquel verano; los amigos se marchaban a las grandes ciudades o al extranjero con un hatillo de ilusiones creyendo que allá estaba todo hecho y acá todo por hacer. Mi padre frenó mis impulsos de juventud con la benevolencia que le caracterizaba, sin imposiciones, con la mesura en las manos y las ganas de ayudarme, en los ojos. La aventura tenía sus riesgos que yo no captaba y me quedé en casa continuando mis estudios de Historia y Geografía disfrutando de un hogar y una compañía que me tutelaba la vida. Y finalicé la carrera y entonces comencé a volar y se me rompieron varias veces las alas y me llegaron días de desaliento y la gloria tenía una agujero tan pequeño que nadie cabía por él y menos yo. Guardaba mis lápices de escuela en un armario con polilla que conservaba mi madre en la parte más baja del doblado y cierto día de colmo de malhumor, desidia y tristeza, busqué los lápices y pinté en una cartulina negra algo parecido a un mapa de España con los símbolos que la identifican. Una guitarra llenaba de norte a sur aquel territorio medio abstracto de mi cuadro. Y me gustó, me gustó tanto que a partir de ese día pintaba y pintaba con frecuencia, compraba lápices nuevos, acuarelas, óleos, lienzos y todo lo que tuviera relación con la pintura. Incluso recuerdo que participé en el colegio en un concurso de poesía (que se me daba bien) e invertí la cuantía del premio en un estuche de óleos. Y ahora me dedico a la Geografía y vivo de ella pero pinto todas las noches y aprendo sensibilidad del pincel, del caballete y de los colores aunque aún no he vendido ni un cuadro, siempre los regalo. Y ¿sabes por qué?, porque cuando mis padres me llevaron a casa de unos parientes a los 9 años a dar un pésame o algo similar, uno de mis tíos nos recibió en un desván muy desordenado lleno de enseres de pintura y mantuvieron la conversación mientras acababa un bodegón de cerezas y al quedarnos solos en aquella estancia tan misteriosa mi tío, sin apartar la mirada del cuadro, me preguntó: ¿qué serás de mayor?, y yo no tuve otra respuesta que la tuya, -pintor, como tú,- le dije; y en ello estoy desde entonces; pero sin vender un cuadro.

-         -Hemos llegado- insinuó mi madre, y nos bajó a los tres del vagón de cola cogidos de la mano, al tiempo que se despedía de aquel señor tan amable quien apretando con sus dedos mi naricilla me entregó en una cartulina negra un dibujo de un niño con los ojos muy abiertos y cara de  sorpresa. Y no tuve que preguntar a mi madre por la otra mitad del sueño.

 

 

 

                                       Ramón Llanes. 

LA GLORIA DE HUELVA


 LA GLORIA DE HUELVA.

Pasan los vientos por estribor y se barruntan caras de desalientos en la marinería, es largo el viaje, es desconocido el puerto de llegada y solo el recuerdo de la partida ayuda en la travesía, Huelva queda en el punto más lejano del infinito. Más de quinientos años después el podio se ha reservado hoy para los navegantes, marinos y aventureros de estos lares del sur, palermos , huelvenses y leperos; locos bondadosos arropados por un bajo precio y desarropados por lo desconocido.
Las naves habían cumplido parte de la utopía. Ahora el honor perdura en el dintel de Huelva, la gloria por una aventura indescifrable jamás contada por el protagonista, pertenece al zócalo de historia de la magna gesta, a la Huelva conquistadora, a toda Huelva; con la designación especial que Palos tiene.
Nosotros, los actuales, formamos parte de esa gran historia y aquel tres de agosto navegamos con ellos en el padecimiento y cantamos tierra con ellos, sin numerus clausus; estábamos los actuales y los futuros, allí sufridores, ahora egregios, entonces locos, ahora condecorados. Eran nuestros signos del zodiaco los que regían la marcha y eran nuestras voces las que se anunciaban calmas y tormentas. Es así la gloria de Huelva que hicimos para ella y para el devenir.
Qué tal si embarcamos otra vez, y otra, y otra, con la piel preparada a los designios de los mares de leva, olvidados de la aventura, prescribiendo andanzas de solidaridad, con el crecer puesto en las otras orillas. Qué tal si seguimos buscando glorias que se anuden con esta nuestra y se justifiquen en la valentía. Salir de Palos aprovechando vientos de bonanza, comparecer a la mar con la esperanza en las redes, perder el ánimo y volverlo a ganar. Dejaremos el espíritu avasallador con fiebre de miedo en la bodega de la nao que no viene, dejaremos el caldo romántico en los charcos de la playa, viajaremos con la luz imperante en la proa y los perjuicios en la popa. Será gloria personal e indeleble. Algunos ya la tienen.
En este cumpleaños después del quinto siglo de herencia la columna del tiempo engordó el prestigio de la gesta, la más importante. Admiración hecha a base de prácticas por difundirla para que a veces ni se canse ni se olvide.
La gloria de Huelva emparejada a la gloria de los presentes que la sentimos y de los venideros que la sentirán como nuestra, como de andar por casa como tratándose de un detalle más de la misma vida cotidiana nuestra. Y desde aquí alzo mi brindis conquistador por ellos que lo vivieron, por Huelva que se enorgullece, por la gloria misma, por nosotros y por quienes se quieran apuntar a celebrar y brindar con la capacidad de ser onubense en plenitud.
Ramón Llanes
Foto. Ana María Cáliz.