CITA PREVIA
En
la misma entrada del hospital, mientras Loren aparcaba, presentó Isabel en el
mostrador su cartilla de seguimiento del embarazo a fin de obtener habitación
para su inminente parto, las contracciones se sucedían cada diez minutos, el
dolor se reflejaba en la cara y ya no cundía del todo la paciencia. Con sumo
agrado, la señora de la ventanilla advirtió de la necesidad de realizar el
trámite de la cita previa explicándole con detalle que a través de su
móvil accediera a la app del hospital, introdujera sus datos personales,
su contraseña, su número de afiliación y la fecha prevista del alumbramiento;
una vez en la página debía pulsar Ordenación, luego Asunto, realizar
reconocimiento facial, -sin mascarilla- la huella, la contraseña de su certificado
digital, llegar al apartado de Solicitud, elegir la casilla parto y
esperar unos segundos hasta recibir en su móvil un código que aplicaría en la
casilla indicada; entonces oyó la amable
voz de una señora -posiblemente la del mostrador- quien con perfecta corrección
le indicó que tendría turno para la asignación de su habitación a las 12,47
horas, debiendo dirigirse a la puerta 24.
Eran
en ese momento las 9,18 horas, Isabel ocupó el único sillón libre de la sala,
entraba Loren después de una engorrosa búsqueda por los aledaños, agobiado de
prisa y quejándose de todo, había tardado más de cuarenta minutos en dejar el
coche en lugar apropiado, sin poder dominar sus nervios, sin encontrar una
razón útil a tanto desorden y sin saberse respuestas más o menos lógicas que al
menos le produjeran sosiego; cuarenta minutos de vueltas y rodeos en una
situación de necesaria premura son una eternidad pero se superó el primer
desaliento al comprobar que Isabel permanecía esperándole con una sonrisa y
sobrada de tranquilidad. Quiso explicarle ella lo sucedido, vinieron nuevas
contracciones, un sudor frío y cálido al mismo tiempo recorrió de párpados a
ombligo la piel del próximo padre, se sentó a su lado, intentó transmitirle la
paciencia de la que carecía, llamó con insistencia al médico y al poco rato una
voz en off pidió a Isabel que se dirigiera a la puerta 24. Lo ocurrido después
forma parte de la historia de unos padres felices que recibieron con natural
gozo el nacimiento de Lucas, un niño de 4,2 kilos, sonrosado y precioso.
Un
día cualquiera de abril de este año tan infectado por la incapacidad para
superar la maldita pandemia y sin solución eficaz para evitar su propagación,
un día de esos primaverales que se caen las nubes en forma de calor o de lluvia
y que dejan a la estirpe por la solería de la vida sin imaginación suficiente
como para continuar subsistiendo, pues un día de esos precisó Leonardo los
servicios médicos para una consulta sobre unas molestias detectadas en la parte
baja del vientre, era la primera vez que se le presentaba dicho dolor y en casa
consiguieron convencerlo a sus 86 años de la necesidad de acudir al hospital
también por vez primera; se hizo su hija con el teléfono de la cita previa del
centro de salud que tenía asignado, llamó y recibió como respuesta una voz de
mujer indicando: “si llama para asunto urgente pulse 1, si desea cita para
especialista pulse 2, si llama para receta médica pulse 3, si necesita traslado
en ambulancia pulse 4, si llama para ser atendido por su médico de cabecera
pulse 5, para cualquier otra consulta, espere”.Siguiendo los pasos
señalados pulsó la tecla número 5 y recibió de una voz de mujer el enunciado
siguiente: “si desea cita con su médico de cabecera pulse 1, si desea cita
con su enfermera pulse 2, si desea cita para receta pulse 3, para cualquier
otra consulta, espere”. Una vez superados los obstáculos telemáticos del
protocolo impuesto por el sistema fue requerida para introducir o pronunciar el
nombre del enfermo con su número de carnet de identidad, tras lo cual consiguió
cita para su padre, Leonardo, el jueves 8 de mayo a las 8,52 horas, con la
advertencia de su aviso previo si por alguna causa no pudiera asistir.
Lucas
creció en su órbita de acostumbrarse a convivir con las inclemencias informáticas
en sus expresiones más amables y en sus trabas más absurdas, de todo vivió y a
todo se hizo; Isabel y Loren se percataron de la felicidad muy a pesar de la
imposición de atajos técnicos para conseguirla sin olvidarse de la cita
previa para obtener la matrícula del niño, para realizar la declaración de
la renta, para solicitar una transferencia bancaria o para asistir a las
reuniones de padres en el colegio. Se tuvieron que adaptar sin entender la
necesidad de tanto trámite.
Leonardo
falleció el 1 de mayo a las 17,43 horas, aquejado de cualquier mal reflujo
intestinal o de propia desesperación al no ser atendido por los servicios
médicos del centro donde tuviera cita para unos días después. Al día siguiente la hija de Leonardo solicitó
cita previa para comunicar que su padre no podría asistir a la consulta
médica prevista para el día 8 de mayo.
Y
al llegar a las esferas celestes a recibir su premio, provisto de buen hacer,
de bondad, de todas las solidaridades existentes en la tierra y de una ingente
cantidad de cartas de recomendación de hermandades, asociaciones, púlpitos y
tabernas, recibió una voz de hombre advirtiéndole: “ si ya tiene cita previa
para entrar pulse Eternidad y elija una de las opciones de Paraíso, Purgatorio
o Infierno, descárguese la aplicación que corresponda a su comportamiento,
pulse Santidad, Locura o Indiferencia, acceda a reconocimiento facial, adjunte
su currículo y espere. Su solicitud será tramitada en un plazo no superior a
doscientos años. Y recuerde que en esta dimensión el tiempo se mide por
instantes. Sea feliz, si puede.
