ME GUSTA EL CALOR
Vive conmigo desde hace casi tres meses un sudor impreso que más bien parece piel o arruga de tanto como se empeña en marcarse y aún así restriego a quienes me quieren oír que me gusta el calor, el tiempo del calor y las consecuencias amables o molestas del dichoso calor. Algún amigo se atrevería a regalarme un año entero de calor para que -según él- comprobara cómo el calor es una turbulencia nefasta para el cuerpo y para la vida; hablamos mucho de ello y seguimos discrepando con el abanico en la mano, él con educados improperios, yo con poéticos halagos.
Mis argumentos se asientan en la vitalidad que identifica al personal en este tiempo calmo y abierto, en que el mundo es una calle inmensa donde cada cual busca su sombra después del baño de sol, en que el sentimiento es más ardiente y más fogoso el ideario, en que se duerme menos y con menos necesidad, en que el horizonte es más infinito para inducir a la aventura, en que se habla más, se ama más, se entiende mejor y se abraza más y en que la vida en estío es más alegre; estos son algunos de mis argumentos para seguir pensando que es más cómodo el calor que el frío. ¡Para tirar cohetes!.
Ramón Llanes
