EXPRESIONES EMOCIONALES DE EL ANDÉVALO.
G.- INFLUENCIA EMOCIONAL DEL ÁMBITO.
En todo lo tratado hasta ahora aparece el ámbito como centro de ubicación de cuantos pulsos emocionales configuran este núcleo llamado Andévalo pero nos parece interesante mostrar aquellas otras fibras que se surten de emociones en el contexto que hoy nos sirve de estudio y exposición. Partes que no podemos olvidar y que son obligatorias si queremos proponer desde la visión poética y social aquello que tiene genialidad, arrogancia y vitalidad como para merecer mención.
El humor. En estos rasgos ya consolidados en todo el engranaje de la historia la manera peculiar de entender el humor y de llevarlo a la práctica tiene la propia similitud con otras comunidades en algunos de ellos y se diferencia en otras. Incluso destacaría que cada pueblo posee una jerga propia y un sentido original. El humor transmite emociones, el rato de humor surge de la convivencia, no es preciso llamarlo o invocarlo, se pasea con gracia por todos los momentos y forma parte de las pautas de la felicidad como elemento idóneo de entendimiento y de conjugación de amistades y formación de grupos. El sentido del humor es consustancial con la vida de aquí. Es genético, está muy repartido y convulsiona a la emotividad en ratos compartidos. No es solo necesario, es imprescindible. A veces solo con muecas, miradas y gestos el andevaleño se entiende a través del sentido del humor. El humor es patrimonio que tiene vigencia en cada uno de los pueblos.
La hospitalidad. No podría retratarse El Andévalo sin tener en cuenta el sentimiento de la hospitalidad. Decimos sentimiento sin querer darle un rango mayor, lo consideramos sentimiento porque en él van implícitos detalles, indicios, posiciones e interrelaciones. La hospitalidad es cuidada en cada rincón, desde Los Montes a Riotinto o desde San Telmo a Villablanca, todos los humanos afectados por la genética del ámbito presumen de poner en práctica a diario este sentimiento hospitalario que hace que se muestren capacidades y cualidades como seres acogedores, amables, cooperativos, convivenciales, y sobre todo seres a quienes gusta de compartir con los demás las veleidades de tierra, casa, costumbres, fiestas y vida. No existe costumbre de guardar el abrazo sino de ofrecerlo, los modos más frecuentes se significan en poder y saber enseñar ese tesoro que cada pueblo guarda con esmero y que se enorgullece de tenerlo. La hospitalidad andevaleña está subrayada en su patrimonio espiritual.
La amistad. Departir con un amigo cualquier evento, lúdico o religioso, un rato de conversación, una tarde en el campo, una procesión o un rato de cante, supone uno de los más usuales y grandes placeres de la vida útil y cotidiana de El Andévalo. Parece un solo pueblo cuando de estar en uno de ellos se trata, siempre asoma el amigo de allá que viene a seguir gozando a sorbo largo las excelencias de la amistad. Tanto la mujer como el hombre se precian de conservar ese sentimiento con el mismo valor de siempre. En las fiestas nos visitamos, compartimos belleza y admiración, ponemos sentimientos a la risa y a las palabras, nos alegramos de la alegría de los otros, nos queremos, aunque pertenezcamos a lugares distintos. Si no hubiera amistad entre los pueblos nada se hubiera fortalecido igual. Es una de las claves para la evolución de estos pueblos no precisamente dotados de excesos de riqueza económica sobre todo en los tiempos actuales. La amistad también configura nuestra emoción. El sentido de la amistad es valor y patrimonio.
La actividad. El Andévalo, quizá como el resto de las comunidades, se ha surtido para la formación de su carácter de sus principales actividades económicas de agricultura, ganadería, servicios y minería. Todas ellas constan como históricas en la zona; desde que se tienen datos estadísticos están confirmadas estas y han contribuido de manera determinante en los comportamientos de sus pobladores.
A excepción de los núcleos mineros –que tienen una afiliación censal más reciente-, los demás están cargados de siglos y derivaron en sus modos de expresión emocional tal como el ajetreo de vida les fue llevando. La actividad minera, que irrumpió como una tormenta en los lares andevaleños, propició una especie de éxodo hacia las minas hasta que se asentaron en aluviones por cada una de las tierras que comenzaban su explotación. Las minas eran un atractivo y tuvo un claro efecto llamada al calor del progreso seductor; con las minas se inicia un proceso de industrialización que hace mover a las personas de un lugar para otro con muchos sueños por delante. Se forman los nuevos pueblos con advenedizos de todas las tierras y el tiempo hizo el resto. La visión actual presenta, como ya dijimos, un perfil de persona adscrita al ámbito tomado como suyo, hecho con artesanía humana por cada una de las familias que fueron los primeros asentadores significando ello que tuvieran una necesidad más predominante de arraigo y querencia con la prometida tierra a la que habían llegado quizá por inercia o quizá por imperiosa necesidad. Pero no solo se llenaron de habitantes los poblados mineros, los pueblos cercanos también sufrieron importantes incrementos en sus poblaciones con gentes venidas de Portugal, Extremadura y de otras provincias andaluzas.
Al mismo tiempo que se fueron haciendo los poblados se fue formando el carácter hasta configurarse como ahora podemos identificarlo y definirlo. Nosotros, los observadores de estas fluctuaciones, admitimos que “la forma de ser” parte de una mezcla del sentido antiguo con la fórmula de la nueva caracterización que conforma la nítida idiosincrasia actual, con todas sus connotaciones de sensibilidad, sentimentalidad, arraigo, creencias, pasión, etc.
Ramón Llanes.
Foto: Alejandro Ávila.