TENEBRIDAD
El ruido de la calle, bien de mañana, tiene su sonoridad arcaica y antigua que parece simular un reflejo de algo o una memoria nueva; en el caminar lento y detrás de mis pasos oí que alguien que conversaba con un niño pronunció la palabra “tenebridad” a cuenta de no sé qué y me giré para felicitarle por haberme recordado ese bello vocablo. Luego seguí andando y pensé en las veces que me sentí en un estado tenebroso en el transcurso de la vida y fueron muchos aunque no tantos o fueron tantos que parecieron muchos, ni siquiera intenté rememorarlos porque antes de cualquier otro renglón de pensamiento se me volvieron a caer los ecos de una única tenebridad, la peor de todas, aquella que nos llevó a cambiar los sistemas del corazón y convertir en nostalgia las vivencias más puras y alegres, esa que me supo indicar que este 14 de abril de unos años atrás dejó mi madre su existencia en nuestro más cruel legado. Y entonces me causó menos dolor comprobar que ni tenebridad está admitida en nuestro diccionario ni mi madre dejó de ocupar el lugar privilegiado que tiene en mi alma.
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