HUELGA DE LUZ.
Leímos el eclipse con ojos temerosos, con gafas negras, con la curiosidad de un niño a quien le explican que solo se trata de una intromisión temporal de la luna entre tierra y sol; leíamos la semioscuridad, las luces del neón puestas en la ciudad en una tarde muy abierta y luminosa; por aquí leíamos las caras sin extrañeza de los paseantes. Pensábamos en lo imposible, en lo insólito, en la vecina del cuarto que jamás lo entendería, en los científicos que lo detallaron en la tele, en la abuela que relata aquel de mil ochocientos y pico que le contó su padre.
Quizá el poeta tenga razón para otra lectura, quizá el fotógrafo, quizá el bohemio. Esa tarde, cálida por aquí en exceso, quizá los poetas buscaran musas o luciérnagas, los fotógrafos buscaran campo de visión, los bohemios durmieran. Ellos, sin que nadie les pida baza, piensan que fue una huelga de luz, protesta del espacio por algo que no cuadra en el sistema evolutivo natural. Esa es la lectura de los raros, que dejan a criterio de los menos raros para que la estudien si ello place y concluyan en determinar si esta licencia poética tiene fundamento en el cosmos.
Pero nos faltó la luz por un tiempo, apenas unos minutos, y leímos que los astros se equivocan apenas unos minutos y nuestra atención, apenas unos minutos, también se equivoca al interpretar el fenómeno. Dijo la luna al sol, “no quiero que veas la tierra durante unos minutos”, y le tapó los ojos. Eso fue todo.

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