RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

viernes, 14 de agosto de 2026

LIMPIANDO EL TEJADO

 

 

LIMPIANDO EL TEJADO

  

            Somos muchos en casa y madre nos invitó a limpiar el tejado cuando palidecían las bruces cálidas del estío y dormían los niños en la alcoba del fondo, todos juntos, revueltos en el sudor y en el cariño; posiblemente no fuera el tiempo adecuado ni la manera ni tal vez la hora pero había que conformar la petición que así ella volvía a representar su entusiasmo y nos premiaba con un buen guiso de habichuelas, una ensalada de orégano y unas ricas cerezas del árbol de sus deseos que llenaba el jardín de sombra y esperanzas. Siempre supimos que limpiar el tejado en el concepto de madre tenía una referencia explícita en limpiar la vida en general, repasar lo viejo, ordenar las ideas, hacer pronósticos, consolidar los proyectos y expresar cada uno las incidencias encontradas en los momentos de nuestras ausencias de la casa adonde acudíamos cuando el verano se ponía crudo y apretaba esa parte sedienta que llevamos dentro, a veces sin saberlo, a veces sin olvidarlo.

            Subimos al tejado con buena pausa y pisando tiernamente las tejas para evitar su rotura, estaba lleno de pájaros que volaron con el mismo ademán que nosotros resbalábamos sin llegar a caernos del todo, simularon que se marchaban al aire pero hacían a nuestro alrededor sus piruetas rituales piando y pareciendo gozar al tiempo que se posaban en lo más lejano de nosotros; notamos el verdín aún con visos de humedad, los huecos con hojas, las curvas secas y deslizantes, las inclinaciones más severas y notándose en el color de las tejas el inexorable paso del tiempo por su piel; hicimos la mañana todos los hermanos en el lugar más alto de nuestra consideración y acabada la tarea nos sentamos en el caballete de la sombra para empezar a darle contenido al placer de vivir. En rato largo sondeamos la memoria, fuimos al bosque en las primicias del otoño, nos sentamos en las piedras, corrimos por los charcos, comenzamos a amar y volamos a otros espacios  adonde la luz precisaba de nosotros o nosotros éramos la luz, anduvimos las caminatas que el tajo impuso, nos  hicimos cada vez más personas y también rompimos esquemas y quemamos sentimientos, todo eso recordamos en el tejado, luego nos reímos al compararnos con los pájaros que siempre se iban del tejado, volaban y volvían a posarse como custodiando la paz del lugar o tal vez -como los pájaros- para nunca despegarnos del todo de la nostalgia.

            Al bajarnos madre nos suponía limpios, se esmeró en la comida, llamamos a los niños y nos sentamos a su alrededor con la vaga intención de darle cuentas de las adversidades encontradas en la limpieza del tejado, intentamos desviarle del asunto contando cosas menos importantes pero ella no perdía su costumbre de dominarnos y de llevar por delante las vidas de cada uno de sus hijos y sus consecuencias y sus merecimientos y hasta sus desencantos. Ella era así de consecuente y nosotros sabíamos de sobra que venir al campo suponía dejarle una confesión orgánica y veraz de nuestros afanes y nuestras andanzas, nos conocía y quería estar con nosotros en todos los instantes, respirar con nosotros, alardear, presumir y alcanzar metas con nosotros.

            Padre nos dejó unos años atrás y nos convertimos en humanos pegados al sentimiento común que pronosticaba y conducía madre. Le hablamos del verdín como un amago de conspiración contra el desapego, el tejado lo tenía como protector y como adorno, siempre aparecía en las primeras lluvias, se dejaba crecer y nunca soñaba grandezas en demasía, el verdín del tejado no era invasor, aparentaba no conocernos y se secaba a gusto después de recorrer los ciclos; recordamos a las hojas esparcidas que a veces taponaban los cauces del agua en la liturgia de las tejas pero se bajaban en las tormentas y dejaban expedita la senda para la misión de las luces; cuáles serían en la realidad nuestras hojas produjo debate en posiciones diversas, que las hojas son las inquietudes o que son las incidencias, que las luces que se llevan la llovizna son las soluciones, que las tormentas son figuraciones de la mente y que los cauces del agua se nutren de deseos que empujan con aliento; las conversaciones entre hermanos gratifican las fuentes de las emociones, la causa para el encuentro contiene el máximo de ellas, si acaso ponerse traje de respeto colabora se construye casi sin pensarlo un manifiesto escrito en el alma para saber evaluar los tropiezos posteriores y buscar en cualquiera de las lagunas secas los encantos de la existencia.

            En la sobremesa del almuerzo el reloj fue irreal, inocuo y falto de tarea, nadie le asestó relación de compromiso con la tertulia, madre escuchaba con delicadeza las palabras, los niños jugaban con felicidad en el trastero y nosotros empezábamos a conjugar la vida con la idealización de los pronombres y huyendo del tópico encorsetamiento en los individualismos; de esta fórmula fue partidario padre durante su existencia, nos preparó para compartir ansias de vida en colectividad. Ahora repasamos lo viejo en un talud consciente del repecho poniendo en práctica las consignas de nuestros progenitores, nos consideramos capaces de haber captado el mensaje, de ser para nosotros mismos nuestros pequeños héroes  y de ser humanos frutos de una conciencia comunitaria.

            Sin proponernos acabar la tarde brindamos ante un ocaso servicial que nos aguantó pasionalmente los requiebros y las canciones que sonaron a coro en un ambiente de afectividad y moderada alegría, son días amables que escriben los calendarios sin un previo anuncio, días cualesquiera de postín sin onomásticas, cumpleaños o fiestas de guardar, días que nacen grises y terminan esplendorosos, quizá contradiciendo el recorrido de la luz.

            En este universo familiar inventado de la nada cincuenta años atrás, anegado cientos de veces en inseguridades, perdido en cábalas en noches de dolor y agonías, fraccionado por la muerte en ocasiones, sufridor aleatorio según mandaran los destinos, prosaico y rudo concebido para llevar férulas o coronas; en este universo de gritos al aire y voluntades con miedos, de tímidos y agnósticos, de desertores y sonámbulos, idos de tantas soledades y venidos de tantísimos abrazos, en este mismo universo de clarividencias y distracciones, de fracasos en tropeles, habilidades por doquier, torpezas al uso, misiones imposibles contra la adversidad de los sueños no cumplidos, en este universo imperó sobradamente la desgana y fue horadado en  miserias de desalientos durante toda la proyección de sus motivaciones. Aquí, en este universo de telarañas, nunca se celebraron las victorias ni se magnificaron las derrotas, se vivió como si la tormenta hubiera pasado de largo, luego se recogieron las goteras, se taparon los charcos, se observaron las canales, se limpiaron los tejados con la tenacidad aprendida y empezamos a cantar y a reír con el alma de madre reinando en el sentido común de nuestras lealtades.

            Somos muchos en casa, el tiempo nos ha hecho a este modo. Antes de partir a los sitios donde se desarrollan las vidas y donde se pagan caros los descuidos, hicimos mención general al deber y al placer, cursamos juntos la continuidad de los sentimientos en la jornada que madre nos hizo tan amorosa como siempre y al intentar despedirnos, en la misma efusión de  cada apretado abrazo, caímos en la cuenta de habernos olvidado de nuestras personales desarmonías, de la sociedad y del mundo, constando en el acta solo la evolución tan favorable dada a la consolidación de nuestro universo familiar sin haber necesitado injerencias, protocolos, publicidad y credos.

            Madre nos achuchó con sabiduría y nos preparó el discurso de los consejos para seguir sosteniendo el equilibrio en los extraños envites que nos esperaban, lloramos con lágrimas nuevas, entonamos la canción del adiós y los niños convencieron a madre para ser ellos quienes limpiaran el tejado en el próximo estío.

 Ramón Llanes. (Del libro TE CUENTO)

 


 

 

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