RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

lunes, 4 de marzo de 2024

A EL ALMENDRO HE VENIDO

 

A EL ALMENDRO HE VENIDO

 

He venido pasionalmente desde Tharsis

para sentarme un rato con los  Litri,

para aprender el virtuoso rasgueo de Domingo Ferrera,

para escuchar el cante alegre de Diego el de la Salva,

para reírme con Gaspar el de maestro Quico,

para hablar de Osma con Juan el del Refino;

he venido a estar con ellos en la profundidad de la memoria,

porque ellos son memoria, bondad y pasión,

son la Paz de El Almendro y ocupan los espacios más celestes.

He venido para abrazarme con Paco Bigote

y hablar de líricas con Gaspar Limón,

para conversar con Juan Manuel Correa y Damián

para deleitarme viendo bailar el sirocho a Gaspar el de la Agustina,

para probar las delicadezas de Ildefonsa la de Paco Díaz,

para acercarme más a todas las Salva, a los Gaspar,

al puerto del vino, a los “alpénderes” hospitalarios

y a los sueños aún por hacer de la Madre Piedras Albas.

He venido para que con todos ellos,

con vosotros, con María Alonso y con la buena historia por delante

pronunciemos un infinito canto a esa Paz

que tan a gusto vive en El Almendro.

 

            Ramón Llanes.

domingo, 3 de marzo de 2024

EL SONAJERO

 


             EL  SONAJERO

 

         Siempre fue niña de pocas amistades, pocos juegos, poco hecha a las costumbres de la calle y de las correrías de su edad. Se amaestraba sola en su cuarto, con ventana de cuarenta por cuarenta requetepintada de un gris sombra imperfecto, paredes color agua-mar gastado, muebles de formica imitando un caoba de droguería y espejo con cornucopias de pan de oro. Para su colmo, mamá le decoró el armario con fotos grandes de paisajes de nieve y reinaba en la mesilla ella misma de primera comunión, con rosario y libro en mano y soportando una sonrisa de niñez que jamás volvió. Quince años, esbelta, rubia de nacimiento, Mónica representaba el único discurrir en la herencia familiar de una familia bien, que se ganó sustento y riqueza atrincherando vicios en los demás. Qué decir, qué importa, hacendada y arropadamente importante en los contextos sociales de la ciudad, con piscina, barbacoa, vistas al mar y cuatro bonos indefinidos para cualquier cena, acto, procesión, tertulia o bacanal.

         Así, el psicólogo de turno, -erudito y caro-, no encontraba razón para que Mónica pudiera ser de otra forma. Los genes, -decía-, influyen en los comportamientos con menor fuerza que el propio ambiente. Crearon a la niña que quisieron, no la hicieron mujer, encasillándola en esa media pubertad de caprichos y respondiendo ella con la sabiduría del exceso de mimo. No pocos sustos traía de la escuela por tantos rechazos de los compañeros y por tantas extravagancias retorcidas de la niña que en ocasión para olvidar pretendió comprar las trenzas de una de ellas, apostando que lo haría merced a su poderío, más de orgullo que de dinero. Consiguió que dos cómplices pagadas cortaran las preciosas trenzas en un recreo oculto y que la niña volviera a clase con signos evidentes de violencia y amargamente compungida y triste. Mamá subsanó aquella posible expulsión con una merienda para todo el colegio en su jardín de Villa Mónica. Lógico.

         Entre sus facultades sobresalía una cierta belleza, del estilo de las muñecas antiguas de porcelana, y un no menos extraño sentido del humor con gracejo que se complementaba con su carácter alegre y su espíritu desprendido. De los juguetes de la cercana niñez solo conservó el sonajero que madrina puso junto a la cuna el día de su bautismo, en la santa iglesia catedral por supuesto, y una cinta roja que usaba para recoger los hilos delicados de sus cabellos lacios. Otros juguetes fueron para ella pasión de horas y ocasión de enfados después del rancio gozo.

         El sonajero era su concha de mar. Lo hacía gemir o cantar, llorar o hablar, según el postín de su estado de ánimo y lograba arrancarle el sonido deseado a través de movimientos usuales  y de palabras pueriles.

         Le trataba con suma ternura, impropia de una niña supuestamente acomplejada, y atendía en claves de pura romántica esa esbeltez de quince años tontos, más parecidos a un remilgo adelantado que a un proyecto de mujer. Sonajero en mano oía las rumias de la mar, los caracoles de las ventoleras lejanas, la música de un concierto en Praga o una parábola. Una parábola en el hebreo de la época por un Cristo real que ella entendía. Sabía leer las notas del diario de Colón en sus travesías o los discursos de los sabios griegos con la misma facilidad que atendía las clases de su señorita o del profesor ronco de literatura.

         Jamás confesó sus descubrimientos hasta que en desagravio a otra de sus travesuras de estudios, (aquel día de su comentario en clase sobre la necesidad de asignársele un pupitre para ella sola abonando su precio), se atrevió a aprovechar la tarima para reconocerse prodigiosa y proponer experimentar, no sin saña, un número especial y único que haría las delicias de los asistentes y supondría el más grande de los hechos ocurridos en la historia de aquel colegio y de aquella ciudad.

         Reprobada por algunos, aceptada por otros y agnósticos todos al milagrito, resolvieron con voto secreto acceder a  la propuesta circense entre dudas, abucheos y aplausos ( los menos), para la improvisada actriz, más acostumbrada a las notas de horror y despecho.

         La función comenzaba. Mónica hizo atenuar la luz que se metía por los ventanales, juntó las manos como en un ritual de muerte, solicitó un silencio sepulcral, agachó levemente la cabeza, cerró los ojos y ante la atención de todos y el pavor de muchos, anunció recorrer campos de batalla trasladándose a la segunda guerra mundial. Cuando pasaron unos minutos de trágica y sorda expectación, meció con estrépito su sonajero y, en un estruendo de cuadrafonía, se oyeron en la clase bombas y fusiles, aviones y tanques de tal manera que asustaron a los  presentes sin remisión a continuar atendiendo al espectáculo. Mónica rió con fuerza una y otra vez, arrancando el miedo en la concurrencia, moviendo con coraje su sonajero, gritando, lanzando vítores de guerra, anunciando terror y destrucciones, devastación y miseria.

         Cuando despertaron de una pesadilla real los cascabeles del sonajero se perdían esparcidos por el suelo trémulo de la estancia y Mónica lloraba en un rincón con los ojos estrujados y el pelo perdido, envuelto en un montón de billetes falsos.

 

 

 

                                        Ramón Llanes 

EL ACUERDO

 EL  ACUERDO.

 

         Seguramente habrá pasado demasiado tiempo, demasiadas palabras gastadas. Empezaron a intentar el consenso allá cuando ambos cruzaban piernas con calzón corto y flequillo (era época barata, de réplicas, de consistencias, de urdimbres ), cuando ambos arrastraban la libertad sin conocerla y la odiaban más que desearla. Nunca llegó el acuerdo y mira que fueron explícitos los retos y largas las asambleas; eran niños y pecaban de fantasías o eran poco maduros para tal envergadura.

         Hoy podrán sellarlo. El acuerdo goza de los nihilostat y los beneplácitos de consejeros y asesores, la camarilla cree poco en pactos y no consiente ni falta que le hace. Fue difícil, casi imposible, pero se firmará con protocolo y resonancia. Oyeron las razones de la entidad, del consejo, del auditor, del conserje, de la limpiadora; votaron en un ambiente de hostilidad y desagrado, rieron los vencedores, lloraron los vencidos y al final, solo cinco a cuatro incluyendo el voto de calidad del presidente por la falta del tesorero que llegó tarde. Poco bagaje de interés para tan importante acuerdo. Fíjese que llevaban años acercando posturas y proponiendo soluciones hasta finalizar en el día de hoy con esa exigua cuota de aceptación.

         Pronunció su discurso el presidente (este era de los iniciadores), resaltando la relevancia del acuerdo y las repercusiones tan positivas en la sociedad; resaltó el equilibrio que se conseguiría en el contexto de la libertad y de los valores humanos, interesó las estadísticas asombrosas de abusos contra los derechos humanos, anunció la composición de la mesa de seguimiento, balbuceó en francés unas frases de un desconocido filósofo galo que en síntesis decía algo así como “ los compromisos se alcanzan porque lo desean las personas”, calló tres segundos, bebió en un vaso de plástico que se puso al efecto y con un apasionado y vigoroso viva a la libertad cerró las cuartillas y se sentó.

         A las doce del día D se convocaron prensas y tambores, personal del centro, compromisarios de la entidad, socios, altos cargos, funcionarios, cámaras, organismos, magistrados y largos etcéteras para que dieran al acto de la firma del acuerdo la importancia social que tenía. Ni un detalle faltó en el ritual porque hasta de palomilla se puso el presidente y luego vendría la copa de vino español con el canapés de tortilla, una degustación de jamón, alguna gambilla blanca, las felicitaciones, la cara sonriente de los vencedores.

         Todo estuvo en orden para la firma del acuerdo, todo menos la concurrencia que faltó a la solemnidad y escaseó hasta el punto de encontrarse tan solo los firmantes. Y no era sábado, ni había partido, ni llovía. El acuerdo se firmó sin resonancia a las trece y dieciocho y se guardó en el archivo de la parte de atrás del edificio de la entidad que sale hoy a la luz porque se salvaron dos folios de un fuego intencionado.

 

 

 

 

 

 

                                        Ramón Llanes

sábado, 2 de marzo de 2024

NUNCA


 NUNCA

 

                El mundo se ha transformado en mis narices volteando ruinas y emulando ratos de pequeña felicidad, mas nunca se sumergió en procurar un algo extraordinario que fuera suerte o sorpresas en tono de maravilla que nos instara consecuencias grandiosas. Nunca la verdad tuvo su total predominio ni las razones se oyeron sin abulia, nunca la capacidad superó a la decadencia, los astros nunca estuvieron de nuestra parte, lo conseguido se procuró en la batalla, la contienda hubo de ser la identidad. Nunca nos amamos sin un reto de tropiezo, nunca nos adelantó el universo generoso.

                Será que el ansiado futuro prepara evoluciones exotéricas para aliviar acaso las sustancias limpias de nuestra existencia y nos preserve un pronto amanecer con el cambio del horario de la suerte para así tener que evitar el sueño o la batalla para cualquiera de nuestros menesteres más pequeños y preciados como andar, comer, acariciarte o dormir.

 

                Ramón Llanes 

DOS MUNDOS

 DOS MUNDOS

 

 

         La política es el arte de la disgregación. Es la ideología la marca indiciaria de los desafíos que recalan en la división de clases con la finalidad de obtener la más cualificada cuota de aceptación en el ejercicio de cualquier nota de mando. La política es la “ciencia” capaz de crear, inventar o diseñar dos mundos distintos con la única capacidad del pensamiento, sin necesidad de prácticas de laboratorio ni investigaciones atareadas e interminables, solo es preciso un elemento: la estrategia; desgarbada, viciada, tóxica, sin aperos de ética, pero estrategia, como mala arte para poder seccionar a los seres humanos según la conveniencia, previa tarea de recaudación de gestos y gustos exactamente iguales a los plasmados en las consignas del líder.

         Así, con esta tela, el movimiento político actual de nuestro país, ha formado  dos mundos que responden a fines iguales pero con anatomías desiguales porque el mínimo  parecido que pudiera existir entre ellos facilitaría el rechazo de los adeptos. La política está ordenada en este parámetro de la disgregación y el separatismo; los mundos deben ejercer su posicionamiento con la regla del alejamiento, a ser posible odio, a ser posible venganza.

         Desde la óptica del ciudadano medio que nace, crece, se reproduce y muere, estas finalidades no aseguran un ejercicio mejor del poder porque las premisas de los partidos tienen sus venenos en las leyes y pueblan de deshonra hasta el parecer de los excluidos. El humano superviviente formula sus cuestiones en su propia soledad porque no gusta ni participa de las grescas parlamentarias y se siente un dios menor en esta andadura que mucho se parece a una batalla constante contra la incoherencia. Y estos ciudadanos -una vez en esos mundos-, separados, inútiles, a contracorriente, se envenenan con la savia  machacona que está latente en cada mensaje político y él acaba por ejercer sus devaneos con estas miserias, mirando a ninguna parte y aprendiendo a ser crítico inmisericorde, tirano y malvado con quien no se viste con el traje de su ideología. Y quedan dos mundos irreconciliables incluso para cumplir los mandatos constitucionales que con gran boato juraron.

 

 

         Ramón Llanes

viernes, 1 de marzo de 2024

AL ENCUENTRO DEL MONTE FUJI

 AL ENCUENTRO DEL MONTE FUJI

(Presentación)

 

“No somos tiempo, somos memoria”, es la definición que el poeta interesa para “franquear diez mil puertas hasta la cumbre”, una osadía capaz de proponerla exclusivamente el hombre de los versos arrítmicos, ácratas y poderosos con sus semejantes, sintiéndose más un encuentro que una búsqueda. Durante el poemario -que simula una vida- el pensamiento llega en infinidad de ocasiones al Monte Fuji, siempre está llegando, unas se observa en la cima, otras se emociona escalando, el camino casi no interesa, él sabe que “el universo es finito” y que le llegará su hora de decadencia.

Lo importante no es la llegada, es la descripción del deseo desde su óptica de blancura y lejanía, como si estuviera recorriendo su propia voluntad porque el viaje es una bucólica obra de intimismo. “La senda hacia el interior recóndito hasta la vieja laguna del alma al pie del platanero”. Lo reconoce en su afán por ocultarse para que el alba siga siendo la expectación que “así el dolor es menos dolor”. El poeta se recrea en la belleza de las palabras que aprende como consecuencia de su aventura a su Fuji personal que simula una Ítaca esplendorosa.

El Monte Fuji es una simbología japonesa y viene a testimoniar muchos de los valores de los seres que lo contemplan con agrado conociendo su excelsa bondad, su quietud y su protección, de igual manera el poeta se erige en explorador y contemplador al mismo tiempo para convencerse si en verdad “el universo genera el vacío mientras  se expande aceleradamente”, es su misión tener más detalles del Fuji que es su universo o del alma que es su Fuji o del universo que es su alma. Dicotomía variable según el momento de la visión pero que trasciende en lo bello y en lo sublime.

Estamos ante la sorpresa de un poeta que sale al encuentro de su mundo interior, que se desvanece con la grata verdad de la senda, que luego desembarca  en el suelo cercano, se alimenta de recuerdos y practica su lírica para afinar versificando que “ de estos árboles donde estuvo Dios otros extraerán madera”; mirad cada término comparativo, cada palabra, cada postura, cada mensaje; todo un cúmulo, -miradlo- de paseos por la identidad suya que se atreve a trasladar a la osadía del Monte Fuji por si acaso allá pudiera encontrar cuanto en la esfera de su finito universo plácido no encontró, o si. El poeta no pasaba por allí ni iba de paso ni se encontró casualmente con el Monte, lo tenía bien pensado, era un sueño de bienestar, de desahogo y de ganas de contribuir a la belleza estética de la forma de encontrar algo, aunque fuera su propia existencia.

Y lo trae a esta resumida atención de sus olores a palabras y le da rigor a sus vocablos y habla de ángeles, de cerezos, de lunas de agosto, de salmodia, de la casa del té; y cada YAKUSHIMA, SAKURA, MIJIKAYO, KAMI, TANCHO, traslada a sus conceptos occidentales, a sus tramas y juegos de niño y de hombre y para más dotarlo de estética le dibuja tiempo en sus hojas con una garza, un paisaje, unas puertas y el Monte en su plenitud de expresión unívoca de su búsqueda. Y le resulta una bella sucesión de versos  que al entendimiento de quienes amen el sustrato original de estas alegorías parecerá un encuentro con lo sutil, lo íntimo, lo lírico, lo pasional, lo suyo.

El poeta alcanza su pedestal porque se arropa en su premisa encontrada que ha manoseado durante el poemario de su vida: “no somos tiempo, somos memoria”. Y nos deja con la boca abierta y no sabemos qué más añadir.

 

 

            Ramón Llanes. 

AL DÍA DE HOY



AL DÍA DE HOY
Cuento con los dedos los días de sol que nos faltan, cuento los ratos de luz oculta, me he quedado en uno; . No he podido contar las gotas de agua caídas, fueron pocas y me perdí. Ahora me queda por contarle a cada día su resultado de bienestar. Los niños cuentan las bicicletas que pasan, las bocinas que suenan; los hombres cuentan el dinero y poco más, los animales no saben contar, que yo sepa, pero saben cuando tienen hambre y cuando alguien les acaricia. Las noches cuentan los grados de oscuridad y las estrellas que se caen, la luna cuenta su órbita. Todos hemos aprendido a contar algo, todos contamos la batalla del tiempo, la miseria, la agonía o la soberbia; todos contamos los cuentos que llevamos grabados desde que nos impusieron el orden. A más que quisiéramos no podríamos olvidar todos los cuentos. Al día de hoy quizá todos los cuentos estén contados más desde la opulencia que desde la armonía. Al día de hoy me ha faltado emitir por este costado del aire el cuento del hombre pobre, lo había comenzado justo delante de esta hoja, luego me resultó imposible ponerle título, luego me robaron las letras, se fue la inspiración; la conformidad me inyectó esta manera de formatear los cuentos, de forma que han quedado todos fuera de la disciplina de la memoria y solo he sido capaz de traerme unas letras cursivas, escritas en un blanco sin bordes, que , juntas, componen lo que he quedado en llamar "sin título", como enigma sin gracia para este sábado consentido en ser el espejo de la semana gris que ahora acaba, como todas. O será la vida.
Ramón Llanes