RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

domingo, 10 de febrero de 2019

A QUIENES SE FUERON DEL SUR


A QUIENES SE FUERON DEL SUR.

 

 

El Sur te mandará el abrazo
fuerte del encuentro
y te esperará con el traje
nuevo de domingo.
El Sur quiere empadronar
tu voz en sus quejíos
y recibirte a sombra de la higuera.
El Sur te llama, compañero,
y te invita a compartir
la fiesta secular de cada día.


 

Ramón Llanes. (de ÁMBITO SUR)

viernes, 8 de febrero de 2019

CADA DÍA


CADA DÍA.


Cada día tiene un amanecer y un ocaso,
una luz y una sombra,
un sobresalto y una alegría,
un perdón y un agravio,
una paz y un conflicto.
Cada día es nuevo y antiguo,
es cálido y fresco, es fuerte y débil,
es ostentoso y humilde, es mujer y hombre.
Cada día salimos a la puerta
para definir el camino,
nos adentramos con dignidad
hasta llegar a la meta marcada,
somos un cuerpo que busca el confort
y un alma que aligera los sentimientos.
Percibimos, cada día, cómo se mueve el aire
sin consultarnos,
cómo se agranda la mar sin anunciarlo,
cómo viene la lluvia sin presentirlo.
Percibimos el malestar,
la miseria y el desastre,
percibimos la bondad y el amor.
Nos hemos acostumbrado al olvido
de quien nos olvida y al amor de quien nos ama.
Cuando se acabe la jornada
y el ocaso apunte el cierre en nuestros ojos
habremos sentido
mil sensaciones imposibles de describir
pero aún sin tiempo para pensarlas,
algún cansancio nos empujará
a compartir un sueño
para recuperar los amaneceres siguientes
y poder encontrarnos de nuevo con la luz,
la sombra, la paz, los silencios y la nostalgia.
Algo así debe ser la vida.

 

 
Ramón Llanes

AHORA VENGO YO


AHORA VENGO YO

 

 

            He venido a cambiar el último subrayado en rojo del horizonte que ayer puso la tarde en las puertas de la noche, no me gusta el rojo, tiene demasiada fuerza para anunciar la oscuridad; vengo a ponerle al amor el  nombre de las cosas que se mueven sin ser vistas, no le llamarás a partir de mañana “amor” a la manera de expresarnos el sentimiento del afecto y más allá, detecto las líneas pálidas de los labios besados en la trayectoria del preámbulo del beso; cambiaré el concepto que tienen las flores en la belleza para inculcarles algo de suciedad, las consonantes nunca deben presidir palabras hermosas, se hará la fealdad si esta responde al código que me gusta. No te llamaré amigo, que desde ahora serás la controversia de mi pulso, el anonimato de mi secuela de hombre, no me gusta la palabra amigo, acaba en vocal que a su vez es nihilista, se confunde con un cero. Y acaso sepas que para cambiarlo he venido yo -todopoderoso incauto- a desculturizar la vida porque en el pupitre donde habito no están bien vistas las palabras que acaban en “da”, gustan más aquellas que finalizan en “mi”. Lo siento, acostúmbrate, debes obedecerme aunque yo no entienda de esto.

 

 
            Ramón Llanes

ABUELOS

ABUELOS.
 
         Hace poco en un arcén de una carretera cualquiera aparecía un viejo con cara de alegría esperando a una familia que nunca llegó. En un asilo de cercanía, honroso y noble hasta más no poder, dejaba su último suspiro el más anciano de la comunidad, cumplidos los ciento cuatro y leyendo sin gafas y utilizando la memoria como su mejor recurso, pero se tuvo que ir por imperio de la ley natural. Ayer supe que Rita se estremecía en las soledades de su casa y quiso desaparecer de soslayo, como había sido su designio. Dicen que se le fue la cabeza, enfermedad muy en uso, a Lola la grande, señora de poco más de setenta que llevaba para adelante 8 hijos suyos, los nietos de rigor y los parásitos de siempre que buscaban el puchero y el cariño y que siempre tenían con Lola la grande. Y resulta que también está en las últimas.
         Y luego dicen que solo se van los buenos y que los malos se meriendan aquí todos los calendarios. Y se oye que la justicia no otorga valor a la humildad y al amor y también se oye que la justicia no tiene qué ver con todo esto. Pero los abuelos se rinden antes de tiempo en el primer hospital, en un asilo luminoso, en el geriátrico de moda, en el banco de enfrente de casa, en el casino o en ningún sitio; se rinden sencillamente porque las cosas no están para batallas o porque intuyen carencias.
         Y me llega que a los ochenta se le ocurrió a Lozano comprar unos libros  para matricularse en Historia y lo ha hecho con las agallas de un chaval y ahí está peleándose con los apuntes e intentando sacar pecho y memoria suficientes como para alcanzar su meta.
         Y me temo que miles de historias de este tipo son comentarios de día en día por estas laderas de nuestra sociedad, en donde la culpa de lo peor la tiene dios y de lo mejor, nosotros. Y otros piensan que dios no se mete en estas cosas.
 
 
                                                    Ramón Llanes