LA SUERTE DE OTROS
Ha
puesto la fortuna sus ojos en quienes la persiguieron desde el sobrado carisma
de sus sueños de hombres y ha llegado esta a vestir “todo de nuevo” a un número
determinado de personas agraciadas que se desplomaron de alegría al observar la
coincidencia que les hacía ricos, desmesuradamente ricos, plácidamente ricos,
hasta tener que inventarse fórmulas para darle vida al enorme depósito de
billetes que entraron en casa de manera tan fabulosa e inusual. Nosotros somos
los otros, los no premiados, los que también sentimos el parabién en la sangre
y nos congratulamos de tan exquisito regalo y nos confabulamos con su suerte y
con los elegidos.
Ellos
estarán deliberando inversiones, buscando el viaje más deseado, sonriendo a
cada minuto y sometiéndose al continuo placer de las felicitaciones. Los otros,
aquellos que no la alcanzaron en esta ocasión, se desviven por pertenecer a
este club de selectos, hacen sus cábalas a modo de sueños y se reparten en la
mente la cuantía que no les tocó. Es un círculo de sensaciones, otros y unos
-cada cual en su capacidad y en su fantasía- distribuyen dinero y emociones,
aquellos desde la realidad y estos desde el deseo pero ambos se conceden un
tramo de diversión, sin querer despertar ni proponerse tomar conciencia rápida
de lo ficticio.
Como
seres colectivos, nos afecta la suerte de otros, nos anima a entender ese
exclusivo goce que está en un aire rígido quizá pendiente de nosotros mismos
para movernos en la sinrazón de este genuino toque de gracia que la casualidad
o el destino nos preparan; estamos en la noria, la ruleta nos acecha, en cada
momento nos indica las cifras, nos tiene atentos al premio, nos alecciona
contra la desesperanza y por mucho que venga el fracaso siempre intentaremos
buscarle una excusa de mala suerte para justificar la falta de coincidencia del
número premiado con el nuestro.
Sometidos
a este resorte crecemos como buscadores de agua en un desierto a sabiendas de
que la verdad del cumplimiento de los sueños llega cada día a la luz donde
estamos y desde donde construimos los pequeños castillos de ilusión; y miramos
alrededor y nadie se olvida de la cita y nos amparamos en comunidad hasta que
nos anuncie la suerte su llegada y explotemos con sonrisas nuevas o hasta que
pase la suerte sin avisarnos y sigamos sonriendo con los nuestros, distraídos
acaso pero pendientes del susto. Y así somos medianamente felices.
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