RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

martes, 25 de junio de 2019

DEPENDIENTES


DEPENDIENTES

 

 

 

            La venganza está servida en mantel de riqueza, con el fondo siempre romántico de ciudades lindas y con las pulsaciones de los seres a flor de la piel más hermosa; la dulce fragancia de los perfumes insaciables y el culto de excelencia por la belleza, justifican la maravillosa docilidad al hedonismo más efervescente, mientras el miedo persigue la conformidad y no se mitiga el deber de la venganza. La guerra empieza a formar parte de la verdad y ya no son efímeros los bombardeos ni limitados los conflictos; aquí, los demás, confirman la dependencia a estos episodios donde cualquiera es vulnerable y cualquiera puede perecer sin apenas denunciarlo.

            La parte de nadie que pronostica el dolor, los dependientes del miedo, todos los deshabituados a las consecuencias de la contienda, que son tantos como casi el infinito, que son los obreros de la paz cotidiana, quienes la hacen posible en muchos sitios y quienes la custodian, todos los utópicos que la han cuidado en la insignificancia de una riña suelta y que no tuvieron acceso a los mercados de armas ni a las fábricas de destrucción activa, todos aquellos de las clases de ética en el pupitre de madera, de la lectura del Quijote en mañanas de frío sin calefacción, todos los inútiles que se durmieron soñando con un mundo mejor o al menos mejorable y que ahora se tiran de los pelos porque se irán en poco tiempo sin haberlo conseguido. Esto no se parece a lo soñado.

            Para qué tanto empeño y tanto disloque de revoluciones pacíficas y de manifestaciones en favor de la armonía y de la solución de las cosas, para qué todos los movimientos de lealtad y amor por esos mundos, viviendo debajo de estrellas y pensando en alcanzarlas o para qué la universidad, las lecciones de Filosofía, el estudio de los clásicos, el latín, el griego, Góngora, Lorca; para qué la guitarra al hombro distribuyendo canciones sentimentales por las noches de amistad. Todo, para acabar siendo un dependiente más de la vulgaridad del miedo y de la fatalidad de la guerra; de nada sirvió el espíritu, de nada el trabajo realizado con las pestañas sonrientes, ahora todo se resuelve desde la hipócrita destrucción de los seres con bombas en la conciencia. Otra vez nos equivocamos.

 

 

 
            Ramón Llanes

jueves, 20 de junio de 2019

ABUELOS

ABUELOS.
 
         Hace poco, en un arcén de una carretera cualquiera aparecía un viejo con cara de alegría esperando a una familia que nunca llegó. En un asilo de cercanía, honroso y noble hasta más no poder, dejaba su último suspiro el más anciano de la comunidad, cumplidos los ciento cuatro y leyendo sin gafas y utilizando la memoria como su mejor recurso, pero se tuvo que ir, por imperio de la ley natural. Ayer supe que Rita se estremecía en las soledades de su casa y quiso desaparecer de soslayo, como había sido su designio. Dicen que se le fue la cabeza, -enfermedad muy en uso-, a Lola la grande, señora de poco más de setenta que llevaba para adelante 8 hijos suyos, los nietos de rigor y los parásitos de siempre que buscaban el puchero y el cariño y que tenían con Lola la grande. Y resulta que también está en las últimas.
       Y luego dicen que solo se van los buenos y que los malos se meriendan aquí todos los calendarios. Y se oye que la justicia no otorga valor a la humildad y al amor y también se oye que la justicia no tiene que ver con todo esto. Pero los abuelos se rinden antes de tiempo en el primer hospital, en un asilo luminoso, en el geriátrico de moda, en el banco de enfrente de casa, en el casino o en ningún sitio; se rinden sencillamente porque las cosas no están para batallas o porque intuyen carencias.
       Y me llega que a los ochenta se le ocurrió a Lozano comprar unos libros en setiembre para matricularse en Historia y lo ha hecho con las agallas de un chaval y ahí está peleándose con los apuntes e intentando sacar pecho y memoria suficientes como para alcanzar su meta.
       Y me temo que miles de historias de este tipo son comentarios de día en día por estas laderas de nuestra sociedad, en donde la culpa de lo peor la tiene Dios y de lo mejor, nosotros. Y otros piensan que Dios no se mete en estas cosas.
 
 
                                                    Ramón Llanes

LA SOLEDAD SIEMPRE TIENE HUECOS LIBRES


LA SOLEDAD SIEMPRE TIENE HUECOS LIBRES
(Primer Premio de Certamen de Relatos Cortos para Personas Mayores
de Radio Nacional de España y Caixa. Recibido en Zaragoza
el día 19 de junio de 2019).
 

Sucedió como suceden las cosas que carecen de importancia: un día nacer, al otro día vivir y morir al cabo de un rato más con un poco de memoria, pensamientos en desuso, algunos deseos sin acabar y acaso sin saber presumir de haber vivido, exactamente como suceden las cosas que carecen de importancia.

Tuvimos la osadía de cumplir años, a destajo, apasionadamente, como si con ello pudiéramos alcanzar los horizontes o los sueños, pendientes de la luminosidad del sendero y de la exuberancia del amor; nadie nos avisó del peligro de llegar tan alto y todos nos imitaron en este impulsivo desliz donde nos parieron sorpresas amables, derrotas, culpas, entremeses y variantes que no habían sido llamadas ni vienen al caso.

En una reunión de taberna, una mañana limpia de abril se nos ocurrió entretenernos en parar el tiempo. Acordamos inutilizar todos los relojes que tuviéramos, como primera tarea para vencerlo; algunos aludieron que parando los relojes no se paraba el tiempo, que los relojes solo son medidores de tiempo. Queríamos demostrarnos la capacidad de rebeldía que nos quedaba. Ir a contracorriente -como nunca-, deshacer los métodos, aniquilar los sistemas y ofrecer un panorama más romántico, hecho de forma artesanal, a nuestro modo, con toda la versatilidad de nosotros mismos como seres inconformes.

Era una ficción alegórica, el tiempo debía dejar de tener referencia en nuestro sentido de vida, éramos nosotros quienes debíamos convencernos de la necesidad de una independencia de la temporalidad, no podía dominarnos el tiempo, ya habíamos cursado éxito en mil envites, solo nos quedaba el último peldaño. Todos lo hicimos, todos rompimos los relojes que nos marcaban las pautas, rompimos el reloj de la torre, el de la estación, el reloj del casino, los relojes digitales de los ordenadores fueron rotos de manera precisa por uno de nuestros nietos, el reloj del microondas, el de la mesilla de noche, rompimos todos los relojes que encontramos.

Al día siguiente no era día siguiente, no había transcurrido tiempo alguno pero volvimos a vernos en el mismo lugar desprovistos de horario, llevábamos la misma ropa, el mismo bastón, idéntica gorra y una condición inequívoca de auténtica complicidad reflejada en la sonrisa burlona de siete octogenarios que, con la pretensión de hacer desaparecer el tiempo, cumplían el deber de la travesura, como medio para llegar a ningún sitio, con la única excusa de la diversión.

 El tiempo se nos paró, dejamos de envejecer, perdimos nociones de la edad y seguimos jugando la partida sin tener conciencia exacta de las consecuencias; nunca más volvimos a mirar el reloj y jamás nos acordamos de la memoria, habíamos conseguido una libertad diseñada, libre de cánones, imposiciones, mítines y medicamentos. Aquello que un día llamamos tiempo se alió con nosotros y ahora forma parte de nuestra utilidad. Alguien antes nos estaba engañando.

Ya no existe el tiempo en nuestras vidas, suponemos que han pasado mil años y continuamos mirándonos con la parsimonia de la calma, somos la antítesis de la edad, jugamos a divertirnos, usamos el mismo bastón y cenamos todas las noches. Los otros -la familia-, se marcharon –creemos- y  nos dejaron con esta armonía de falta de tiempo en una etérea nebulosa del sueño.

Somos los mismos, siete ancianos casi sin nombre, nos reímos y gozamos, pero nunca tenemos prisa para disfrutar, cantar o enfurecernos, se nos acabaron las citas, perdimos los trenes, nos olvidamos de dormir; nos dejaron solos, sin abrazos, sin halagos, sin vejez. No fue buena idea, tendremos que inventar algo para dejar de ser esclavos  del destiempo.


Ramón Llanes.

lunes, 17 de junio de 2019

COMO UNA QUEJA


COMO UNA QUEJA

 

 

         Se ha ido. Me gustaría escuchar que un día cualquiera, siendo acaso amanecer o atardecida, el mundo se tumbara cuesta abajo por la ventana de atrás, a escondidas, desaparecer de la escena. Entonces tendríamos que dedicarnos a concebir, diseñar o imaginar otro mundo o un mundo de otra manera. Suponiendo que le llamáramos mundo, le quitaríamos público, suprimiríamos seres humanos, haríamos una colecta para montarlo sin miserias y le pondríamos una enorme zona azul para quienes quisieran vivir sin compromisos, una especial forma de anarquía consensuada. O no?. O que cada cual pusiera un material, cada cual un deseo, una idea, un proyecto, una emoción.

         Habría de ser distinto al actual pero ¿con qué molde lo haríamos?, ¿dónde está el mundo perfecto que estaríamos deseando construir?. El mundo que queremos inventar no está ni en la mente, no existe fórmula, no se compagina con una realidad como esta. Tendríamos que empezar a vivir de nuevo; nacer otra vez, comenzar a respirar, entender del aire, conocer el agua, respetar el fuego, amar la tierra; sería nacer de nuevo con la ética puesta y la limpieza de honestidad en los poros. O acaso no sería preciso volver a nacer.

         Pongamos que estamos de acuerdo, que hemos determinado un modelo útil, que nos servirá para desenvolvernos mejor unos con otros; si hemos sido capaces de “acordar” para nada será necesario volver a nacer o esperar otras generaciones, bastará con saber soportar el cambio, digo, en cada molécula de cada individuo, en cada letra del sistema, en cada milésima de cada pensamiento; ¡qué fácil¡, ¡ya lo tenemos!. La solución es cambiar cosas o cambiar todas las cosas, no destruirlas, solo cambiarlas, aprovechando lo bueno que tuvieran; ¡más fácil aún!, ¿por dónde empezamos?, ¿por cada uno de nosotros?, ¡genial!; Enrique, empieza tú. ¿por qué yo primero?. Y luego la farándula, el teatro, los actores, el telón que se cae, el público que desaparece y el mensaje, que se olvida.

         No me ha salido bien este invento, me pondré a protestar, escribiré con letras grandes y rojas “que me dejen vivir”; criticaré a quienes ejercen funciones de poder, dudaré mil veces más del asqueado sistema, me subiré a donde me vean gritar y me iré a casa cuando las horas de rebeldía me  limiten el tiempo; caeré dormido delante del plasma hasta que se me agoten los sueños imposibles y no me obliguen a renunciar al placer de vivir a mi modo.

         Ya no quedan hombres como yo, vean mis propuestas sin enredos y mi honroso equipaje; pónganse a buscar humanos de mi talla que sepan sentir las incapacidades de este grotesco mundo sin aquietarse siquiera un minuto con sus métodos y se reviente por sacar adelante sus propios privilegios. Lo dicho: no quedan hombres como yo.

 

 
         RAMÓN LLANES.

domingo, 16 de junio de 2019

AUSENCIA DE TRÁNSITO


AUSENCIA  DE  TRÁNSITO

 

TH 1

 

La voz eterna partida en susurros
al crespón del aire advierte
que no has llegado. Oh, diosa del temple,
allá donde quimera y amor esconden
primorosos deseos
y conversan dioses contigo.
No han adivinado dónde se me encuentra,
mi voz presente, mi clima, la nostalgia,
te llevarán a mí;
mientras se hunden los lodos
puedes hundirte conmigo en pan o hambre
en ligereza de la huída
en libertad del abrazo.
Te llamo con voz de presente
al nuestro muérdago de ondulados sitios,
con voz de presente que es de grito y deseo.
 
Ramón Llanes. de Memoria del pródigo

SONETO A VICTORIANO


SONETO A VICTORIANO

 

Con el consuelo de saber

que nunca será una despedida.

 

Nos acostumbramos a ti. La vida

te  trajo a esta Onuba acogedora,

por tí brindó con mar y sal. Ahora

por irte nos agobia tu partida.

 

Nos dejas la amistad más que dolida,

 tristes  los pensamientos y  las horas,

te vas porque los sueños te mejoran

la esperanza. Que sea bienvenida.

 

Recuerda, amigo, tuyo es el regreso

a la mar y al abrazo cuando quieras,

aquí estaremos en el mismo universo

 

que tanto te emociona y que te espera,

con la misma amistad y el mismo afecto,

con todo el corazón que merecieras.

 

                        Ramón Llanes.

Tus amigos de Gapyme. Huelva. Octubre/07.

sábado, 15 de junio de 2019

IMPOTENCIA


IMPOTENCIA.


Nuestras vidas están colapsadas de momentos de impotencia. La sentimos cuando necesitamos la lluvia y no se deja caer, cuando pedimos una cita médica que nos atrasan, cuando llevamos prisa y nos toca un atasco de tráfico, cuando alguien cercano contrae una enfermedad y no encontramos la respuesta de la curación, cuando nos ahogamos en un asunto económico que no tiene perspectivas de solucionarse, cuando se nos caen encima todos los mundos por la pérdida de un ser querido. 
Nos sentimos impotentes, pequeños, inútiles. Nos arrepentimos de no haber aprendido a ser más sabios, nos castigamos por esa impotencia, y quisiéramos ser dioses esporádicos para diseñar un milagro en cada instante. 
Nunca, en tales circunstancias, caemos en la cuenta de nuestra condición natural, de nuestras limitaciones y de nuestra escasa posibilidad de recursos extrasensoriales. Pero somos humanos que ya es bastante.



Ramón Llanes.