RAMÓN LLANES
BLOG DE ARTE Y LITERATURA
viernes, 12 de julio de 2019
lunes, 8 de julio de 2019
ANÓNIMO A SU PESAR
ANÓNIMO, A SU PESAR.
Es de esos chiquillos andariegos y voluminosos que andan la calle a todas horas, cuando apenas se le ve, más se le nota, ataca hecho al tesón de morderse la vida para no perderla y consta que por poco en cada momento aniquila algo de ella. Quien le conoce sabe odiarle, se seduce a si mismo odiando, presume de ser odiado, roba un cuento en la esquina y cuenta un robo en la sombra de la farola. Aún no es hombre y ya ha dejado de temblar al sonido de las sirenas que le persiguen; aún no tiene edad para enloquecer, aún no ha gastado tiempo en sostenerse a base de compañía amorosa; es de esos chiquillos vivos que ha creado la calle para si mismo, para su equilibrio, para su vicio.
A todas las horas le han visto antes de un escaparate roto, de un asalto a la tienda de ropa, de un tirón; siempre aparece en el antes del chillido de la calle, luego se pierde en un silencio de golfería incapaz de devolverle pudor o arrepentimiento o dolor. Padecerá lo suyo sin que el margen de la acera lo sepa, sin que se acomode a ser víctima. Es su propio rey, el matón de las soledades, que llega de nosotros y nos destroza el prurito de bienestar que enseñamos. Él se aprovecha de nuestra educación y civismo; nos traza la línea con una mirada de macarra y solo nos pide dejar de ser anónimo para empezar a adorarle.
Ramón Llanes.
domingo, 7 de julio de 2019
AHORA VENGO YO
AHORA VENGO YO
He venido a cambiar el último subrayado en rojo del horizonte que ayer puso la tarde en las puertas de la noche, no me gusta el rojo, tiene demasiada fuerza para anunciar la oscuridad; vengo a ponerle al amor el nombre de las cosas que se mueven sin ser vistas, no le llamarás a partir de mañana “amor” a la manera de expresarnos el sentimiento del afecto y más allá, detecto las líneas pálidas de los labios besados en la trayectoria del preámbulo del beso; cambiaré el concepto que tienen las flores en la belleza para inculcarles algo de suciedad, las consonantes nunca deben presidir palabras hermosas, se hará la fealdad si esta responde al código que me gusta. No te llamaré amigo, que desde ahora serás la controversia de mi pulso, el anonimato de mi secuela de hombre, no me gusta la palabra amigo, acaba en vocal que a su vez en nihilista, se confunde con un cero. Y acaso sepas que para cambiarlo he venido yo -todopoderoso incauto- a desculturizar la vida porque en el pupitre donde habito no están bien vistas las palabras que acaban en “da”, gustan más aquellas que finalizan en “mi”. Lo siento, acostúmbrate, debes obedecerme aunque yo no entienda de esto.
Ramón Llanes.
jueves, 4 de julio de 2019
DE GUSTOS Y DISGUSTOS
DE GUSTOS Y DISGUSTOS
Toca
darle un repaso a la memoria a fin de acercar aquello que en el último tramo de
este amado tiempo tuviera viso de gusto o disgusto, quizá por acicalar la
esfera del ámbito, quizá por curiosear más en el libre albedrío de las mentes o
quizá por enfermedad profesional o vicio adquirido; cierto que cada día es un
engaño o un encanto si se mantiene el ojo pendiente de avistamientos y
aconteceres. De gustos también vive el hombre y de disgustos desvive, que ambas
funciones allanan o limitan el pulso o la esperanza.
Los
días se fueron haciendo limpios y serios, a gusto del deseo, las tardes de
poesía, los libros copando la cornucopia de Onuba en todas las extensiones, el
arte prestando belleza a los foros y a las gentes, la singularidad del otoño,
la esbeltez de la palabra en la calle, la amistad a flor de acera, la
sensualidad que esgrimen los poetas. Casi todo en el orden de los placeres.
Luego aparece Trueba y rompe el tiesto,
se le ocurre decir que ni cinco minutos de su vida se ha sentido español, sin
aclarar por qué, sin dar pistas ni aceptar que él mismo se ha constituido como
un miembro creador de compromisos y comprometido con su estatus como ciudadano
y como adepto al arte de contar historias en la idea doble de sobrevivir y
emitir mensajes para mejorar su jungla. Trueba no admite que tiene una gran
responsabilidad en haber colaborado en fabricar una sociedad que no le gusta.
Si acaso no le gustan La Alhambra, el Alcázar de Segovia, el Museo del Prado o
el Valle del Jerte, entendemos que puede estar refiriéndose a los paisajes,
monumentos u obras de nuestro vasto patrimonio, pero no refiere que le
disguste; de su trama se deduce que no le gustan el sistema de vida o las
gentes, quizá sea que no le gustan las gentes y tampoco cae en la cuenta de
advertir que él es gente y que él responde al perfil medio -salvo el reniego
último- de personaje de este país. Acaso, pienso, será que no se ha gustado él
ni cinco minutos de su vida.
Para
llenar el saco de los disgustos me cansa cómo se escantilla la prosaica
Cataluña a pesar de haber quedado advertida por diestro y siniestro de su
inculta utopía. Por aquí abajo no entendemos de separatismos ni estamos al loro
de la falta de libertades que proclaman pero nos ocasiona disgusto que se haya
olvidado respetar a quienes no comparten las ideas concebidas solo desde el
orbe político. A pesar de todo ello produce cierta desazón porque somos humanos
y les habíamos tomado afecto.
Acaba
la semana con una refriega más de gustos y disgustos que en esta ocasión ganan
los positivos por goleada y a ello dedicaremos tiempo y valor para diseñar el
tramo siguiente, siempre con la vista puesta en las estribaciones tan golosas
del preciado otoño.
martes, 2 de julio de 2019
LA CALLE
LA CALLE
Una
melodía especial tiene la calle, el sonido huele, el olor es música, el color
se extiende a los pasos que damos, nos persigue, nos ilustra, nos embelesa; la
calle posee ese encanto de libertad que no conceden las paredes ni las
ventanas, la calle conduce a todos los caminos, está envuelta en tránsitos y
calmas, se hace cada mañana, se respira sola, se amedrenta de los que la
requieren sin respeto y se fuga del ámbito como una mariposa se esconde en su
nada efímero. Consumir la calle es crecer en sensualidades, es aprender a estar
despiertos el trecho largo de la convivencia, es pasear por los ojos de las
gentes y entretenerse en la jerarquía de una ansiedad dispuesta al impulso o la
espontaneidad; se fraguan en la calle los avisperos del negocio de entenderse y
se enfunda cada cual su delirio por haberla pertenecido y haberla obtenido
plena de sustancia en tan solo un reguero de andares por la placidez de estos
ígneos columpios de estancia que son por extensión la grandeza de la calle.
Acaso
pueda ser el soplo necesario para constituir la inspiración o la armonía que se
estaba buscando para no se sabe cuántos plenos de aciertos; a veces absorta, a
veces pendiente, el vestido de la calle aparece como la sombra del paseante y
está en la prisa y en la conversación, se desacelera o se hace bulla hasta
obtener esa escondida verdad que quizá se deslice por los zapatos o las prendas
y advierta a todos del vicio de
teatralidad que la define.
Puestos
a considerar el legado de tan versátil escenario, interesa pulirse en
soportales, adoquines y losetas para acostumbrase a no disimular el
desconocimiento de la calle como un parvulario que por primera vez la saborea.
La calle tiene también sus códigos éticos creados en su aire, escritos en su
compleja identidad y que a la vez sirven de soporte a la idiosincrasia de su
ciudad o pueblo. La calle hace que los vocablos, los gestos, las formas e
incluso los sentimientos de un núcleo concreto sean parecidos en gran parte de
su contexto. Los seres que habitan la frecuencia de la calle se parecen en el
habla y en las ilusiones, se corresponden en el trato y se estimulan por moldes
similares. Acaso la calle sea exclusivamente la vida.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
