Estábamos ensimismados con las primeras luces de la democracia -¡algo tan soñado!- y nadie observó la rebelión de militares ordenados por ideólogos escondidos que , con sus cajas de herramientas armadas, nos sorprendieron una tarde de febrero del 1981 con la idea de hacernos desistir de la locura aquella. Ni ahora -55 años después- sabemos si se trató de una artimaña admitida por los poderes, si fue un aviso a navegantes en un intento de evitación de lo que ellos llamaron el imperio del anarquismo, si fue sencillamente una metáfora para contrarrestar la realidad podrida -según ellos- o fue una mentira que a modo de juego de armas movió a los nostálgicos de las guerras hasta creerse que coger el mando sería posible.
A esa rebelión respondió otra más poderosa -la ciudadana- que abortó el engaño. Se ocultaron los nombres de los impulsores pero se supo de la debilidad de la monarquía en esos albores alegres de la recién nacida democracia y se enterró la verdad como si hubiera muerto de un susto en el hemiciclo del Congreso. Ahora solo tenemos a mano sus derivadas consecuencias que confirmaron la existencia de elementos subversivos capaces de deshacer lo hecho a la forma de antaño por tener prestados un fusil o un tanque o por no haber aprendido los modos del respeto a las instituciones y a los sistemas de convivencia elegidos por el pueblo. Y quedó esa huella pervertida que aun hoy tiene su arraigo en posiciones que se hacen valer como válidas y necesarias en una sociedad que avanza en la contraria dirección hacia un futuro de progreso olvidado de la invasión y del odio.
Ramón Llanes. 23.02.2026
No hay comentarios:
Publicar un comentario