LA DOBLE VERDAD DEL ESPEJO
Siempre he creído que el espejo nos engaña y le reservo un cierto agnosticismo por su manera de enseñarnos la realidad, hasta el punto de dudar de sus actos; le he notado en muchas ocasiones una predisposición al desencanto mostrando una imagen de pusilánime de mí mismo sabiendo yo, de sobra, que jamás tuve esa correspondencia en mi proceder; con tal mensaje he caminado muchos días haciendo magnos esfuerzos por disimular mi desventaja con los demás, he sonreído hasta empalagar, he sido valiente o gritón o borracho solo para demostrar a los congéneres más cercanos que mi aspecto exterior era producto del espejo y en nada se parecía a la verdad de mi actitud ante la vida. No conseguía quitarme la faz depresiva, “lo llevas escrito en la cara, eres un pusilánime crónico”, -me decían-.
En otras ocasiones el espejo, más nítido, me sacaba a relucir un aspecto amable en momentos innecesarios como la asistencia a un funeral, allí me convertía en un tipo guasón y simpático viéndome en la obligada razón de solicitar disculpas y cambiar los gestos ante el asombro de los dolientes, “se te nota poca sensibilidad”, -comentaban algunos- y me exigían una conducta más acorde con el ritual de la muerte; yo apelaba a la maldad de mi espejo pero de nada me servía.
Con gran desbarajuste en mi interior decidí seguir los consejos de un amigo y visitar un museo del espejo que en una feria de pueblo ponían para mofa de los paisanos; allí me ví gordo, flaco, con nariz puntiaguda, alto, enano, calvo, niño…los distintos espejos me trataban de modificar la estética con el solo fin de conseguirme un rato de risa placentera; no tengo conciencia de haber disfrutado en aquel espejismo pero sí me asedió un pensamiento nuevo que determinaba mi torpeza y supe que los espejos jugaban al agrado o al sollozo pero mostrando siempre mi unívoca estampa, era simplemente un YO reflejado en una pantalla. Y se despejaron mis dudas sobre la insolencia de los espejos. Y aun vivo.
Ramón Llanes.
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