EXPRESIONES EMOCIONALES DE EL ANDÉVALO.
(Capítulo 5º)
B.- APEGO AL ARRAIGO.-
Somos emoción, le tenemos un amor incondicional al terruño –entendido este como el conjunto de sentimientos que lo circundan- y no somos capaces de ausentarnos de sus lados más que lo mínimo. Adoramos la calleja, el olor a humo de pueblo, el ruido del bar de la plaza, la sabiduría del labriego y la rebeldía del minero, somos de partículas de cada uno de los miembros de nuestra comunidad, somos seres creados de otros seres incluso ajenos a los lazos genéticos, pertenecemos a la tierra como fin y nuestra filosofía de vida es comunitaria, no individual, comunitaria y con afectaciones importantes de géneros. Esta no es una cualidad que se presente con frecuencia en otros pueblos. Nuestras tierras son nuestras esperanzas, nuestros vecinos son nuestros aliados, nuestro carácter es nuestro patrimonio y nuestra similitud vital es nuestro premio espiritual. El andevaleño quiere ser como son los suyos, andar como andan los suyos, mirar como miran los suyos, reír como ellos ríen y llorar con ellos cuando haga falta.
El andevaleño no negocia con su origen ni admite imposiciones que le limiten su tiempo para estar en su pueblo; para los que viven en él les supone un gran trago moverse (alguien de El Cerro me contó en una ocasión que llevaba más de 5 años sin ir a Huelva, a pesar de ser joven) y para los que viven fuera son siempre deseosos con ansiedad de buscar huecos que le permitan pasar el máximo tiempo en sus lares. Es la grandeza del arraigo, como si el andevaleño se considerara protector de lo suyo y le fuera imprescindible su aire o como si se sintiera un poco responsable de su evolución y quisiera participar en ella de manera activa o solo con su presencia. Pero en realidad el andevaleño no es que sea parte del territorio, es territorio puro en su amplio contexto de paisaje, costumbre, ambición, miedo, alegría, vida en definitiva. Resumo esta afectación andevaleña con este manifiesto.

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