EL PÁJARO
A juzgar por la afluencia de mañanas muy cálidas
y tardecillas cómodas,
estos días son un verano tardío,
será por eso que un pájaro se quedó ayer en mi jardín
ligeramente herido
quizá buscando un refugio a su imposibilidad de vuelo
o será que viniera a verme
cómo en cuidar las flores
y acariciar la madera me amo la vida;
lo tuve en las manos
y solo pude averiguarle el color, sus pintas más claras,
el pico largo, sus patas con dedos finos
y acaso su incierta identidad de zorzal perdido.
Me miró y sé que me sintió tierno
porque cerraba los ojos cuando le rozaba el plumaje
y lo noté aliviado, sin hablar nos dijimos cosillas,
“de dónde, por qué, cómo estás”,
menudencias que resultarán inútiles
entre un hombre y un pájaro
pero que a los dos nos acercó las ternuras.
Al poco se me murió
y me dejó una extraña tristeza
por no encontrar que una bandada de zorzales
viniera piando a despedirle.

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