UN MÍTIN EN EL SALÓN DE CASA
Observando las ruedas de prensa y los
actos que organizan a diario los partidos políticos con la sola idea de invadir
el espacio y las conciencias de los sufridores ciudadanos que a esa hora no
tienen otra cosa peor que hacer, es fácil
pensar que la presión mediática les obliga a cultivar el negocio hasta
niveles insospechados. Estos engendros de actos superan la ridiculez. Los pocos
periodistas en un lado, -casi sin interesarse por la temática-, al otro lado,
-normalmente con actitud engolada-, los devocionarios del partido con sonrisas
anchas, y detrás del atril el político abyecto que viene a decirle “a los
suyos” lo cojos, malvados, mindunguis, necios, inútiles, mercachifles,
corruptos -y mil adjetivos descalificadores más-, que son los otros. No de
proyectos hablan, solo del otro como enemigo.
Un mitin con estas características,
dado a los del propio equipo y con el infundido ánimo de conseguir dominar los
medios al tiempo que inyectar dosis de
rechazo y odio al “enemigo”, se entiende como el padre que reúne a los hijos,
nietos, primos, cuñados y demás miembros de la estirpe, en casa, para elevar la
moral de la familia y glosar en tono negativo, -lo más negativo posible-, las
conductas de los vecinos de al lado, procurando que en cada frase surja la mofa
y esta provoque la consiguiente carcajada de burla. Visto así, aunque se
transmita en directo por la televisión local, ha de entenderse como un acto de
burda demagogia solo utilizable por burdos demagogos.
Nuestro espacio íntimo se ha hecho
vulgar con estas necedades. Su abundancia conforma ya un enraizamiento en la
mente capaz de consentirle y atenderle; su predominio es un importante
obstáculo para lograr un nivel de educación ajeno a su influencia. Queda
observado también, para corroborarlo, que los nuevos retoños de tales burdos
ejemplares vienen hollados desde la cuna en principios aprendidos en estos
adoctrinados actos que tan larga reata dejan en la vida. Y nosotros, buscando
como lelos esta sombra.
RAMÓN LLANES
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