RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

domingo, 20 de enero de 2019

FANDANGO DE HUELVA


DICEN DE HUELVA


DICEN DE HUELVA

 

 

         En el relato que descifra la idiosincrasia del onubense destaca siempre un adjetivo tan avergonzante como irreal. La apatía -dicen- define al onubense, y ha conspirado este vocablo con nuestra identidad desde tiempos ya olvidados quedando como rémora un “premio” inmerecido cuyos sinónimos no son halagadores y precisan de un repunte ensayístico que lo destroce, a cuyo fin me apresto sin certeza  de poder lograrlo.

         Y digo que tras haber conseguido llevar a cabo la gesta más gloriosa de las historias, arribando a mundos desconocidos, no pueden esconderse seres apáticos. Y no es con apatía como se crea y conserva el mito del patrimonial fandango como elemento cultural expresivo y de identidad de nuestra tierra. Y para poner en competencia mundial un Puerto de gran importancia en todos los órdenes no se han requerido -digo- muchas dosis de apatía, si no más bien de todo lo contrario. Y aunque sea don natural, pecarán de osados si tachan de apáticos a quienes tienen el privilegio de poseer y conservar uno de los litorales marinos más bellos de la tierra. Y de incultos a quienes nombren nuestra apatía al hablar de Doñana.  No ha de entenderse que los ciudadanos de una provincia que crearon y mantienen en perfecta armonía el jamón como mejor manjar del mundo, es una provincia llena de apáticos. E igual ejemplo digo sobre el otro manjar que extraemos de nuestro más cercano mar, nuestra gamba, que tanto sinsabores nos quita. Y reitero que una provincia donde se comenzó la moderna industrialización con el empuje de las minas, llegando a tener notoriedad a nivel mundial, no es la apatía su adjetivo de identidad. Y también para desterrar los tópicos de esta lacra tan creada que hasta nosotros mismos nos creemos, nombremos a Vázquez Díaz, a la Rábida, a El Rocío como manifestación etnográfica de interés único, nombremos las romerías de El Andévalo, contemos que en Huelva se jugó por primera vez al fútbol en España y que su equipo es el decano en este universo; nombremos las excelencias paisajísticas de la Sierra y del Condado, el Dolmen de Soto, Niebla, Almonaster, la Gruta de las Maravillas y esos mil patrimonios más que sería exagerado nombrar y que dejamos en su memoria. Sin embargo quiero restregar con más fuerza a quienes nos llaman apáticos que en esta soberana tierra nació Juan Ramón Jiménez uno de los más ilustres poetas que ha dado la humanidad.

         A partir de ahora no se permita que desconocidos incultos y ajenos a nuestra historia y a nuestro arsenal de encantos, digan que Huelva es una provincia caracterizada por la apatía, porque estarán faltando a la verdad y dañando nuestra identidad. Un respeto.

 
         Ramón Llanes

CRÓNICAS DE LA VEGA LARGA


CRÓNICAS DE LA VEGA LARGA

 

       En la paralela del río, en su bajada del norte, cuando llegara a esteros que parecieran dibujados en el agua, se hacía presente en su izquierda natural la esbeltez de la Vega Larga que hasta la misma entraña céntrica de la ciudad Onuba se asomara, con su recuerdo desbrozado y sus germinados soles en cabestrillo de la dinámica de la cuenca que marcara la consigna de continuar hasta las ubres de la mar, allá donde los dos río –Odiel y Tinto- son un abrazo.

       Luego, que la Vega Larga ha seguido respirando la vida húmeda de su puerto, del olor a marisma y de los condumios de labranza, legumbres y hortalizas, que dieran otro alimento a la marinería en sus vueltas a tierra. De la bulla inquieta de las mañanas de mercado y vocerío de pescas y subastas; de la recogida de quienes se quitaran los sueños en la omnipresencia del tugurio donde se componían amistades entre copas; de aquel carro que frenara, de aquella bocina que llamara a brega y de los “monturios” de sal, al frente, como un avispero blanco, observando con placer y templanza las jugarretas del tiempo.

       Desde antes del otero, desde mucho antes de la margen que cuida la insolencia del río, existe una conspiración egregia y no escrita entre la fuerza de las aguas que bajan y la prestancia de los cabezos que la dejan pasar. Complicidad de gigantes, de médanos, de garcillas, de espátulas, de juncos y jaguarzos que sellan un esplendor de paisaje para embelesar.

       Parecería un rumor durmiente de Vega Larga y sus crisoles, que traerlos sonara a nostalgia y guardarlos fuera olvido pero a nada de ello es llamada la palabra más que a enriquecer el sonido inequívoco de una ciudad que se entretiene en vivir, con estos adorables perejiles.

 
       RAMÓN LLANES

ONUBA


 

ONUBA.

 

 

 

         Navegábamos desde mar abierto hasta las estribaciones que la tierra ofrece, guiados por la luz blanca de un faro lejano; antes de la última singladura se nos abrió la margen izquierda y la mar nos descubrió el estuario buscado, donde desembocaban dos ríos que llenaban de esteros los lados, con islas y recodos de agua. El capitán nos alertó de aquel descubrimiento insólito, nos asomamos desde proa al entorno húmedo, solo el rumor del poco viento, el bullir de las gaviotas y la ilusión de la llegada nos despertó del inquieto sueño.

         Quién, abriendo escotillas pudo decidir de aquel paraíso o quién estuviera antes que nosotros habitando tales médanos, será remontarse irreparablemente a los sitios de la historia, ponerle sobrenombre y hálito para desentumecer tal vez aquellas emociones.

         Habíamos arribado a la tierra de tartessos y la pisamos con el máximo respeto, buscando huellas y memorias que de tantas casi no supimos elegir. El lugar tenía el nombre escrito en el recuerdo, las aguas acariciaban mansas las orillas, las miradas acosaban el paisaje. Alguien gritó ¡Onuba¡ desde el mástil y todo comenzó a hacerse, hasta que decidimos quedarnos al abrigo de la belleza y de la ría.

 

 

 

 

 

 
                                               Ramón Llanes

sábado, 19 de enero de 2019

VELADA CENTENARIA


                             VELADA CENTENARIA

 

Corrían tiempos de bonanza en los inicios mineros, cuando los hombres trabajaban de sol a sol para llevarse pan a bocas tristes por la especial hambruna que asolaba la vida. Aluviones de aventureros en la búsqueda de otra comodidad se acercaban al reflujo de la mina. Era andancio constante en el Andévalo, comenzar en una vocación nueva restituida en la contemporaneidad y abrazadora para los entonces habitantes de todos los mundo cercanos. Comenzaba otra vez el esplendor que los fenicios le dieron y Tharsis se resolvía en futuros esperanzadores. A Ernesto Deligny se debe el hallazgo.

De allí a los carros transportadores con mulos y a la petición de un descanso merecido en medio de una sofocante labor cotidiana de minerales. Por agosto se concedió el premio y los muchos habitantes celebraron con gozo en 1898 el primer regocijo que sería embrión para restaurar la Velada en Tharsis. Empieza la historia con esa cara de fiesta, el trabajo se aparcó por poco rato.

Con la mina se venció la tristeza de la miseria, significó horizonte sin medidas y logros a corto plazo que alimentaron las bocas desacostumbradas al diario menester. Acaso también la incipiente Velada que se hizo mujer entre zafreos y escoriales puso cota de felicidad a los suyos. A los mineros, entonces de galerías, luego de estrellas, les valió media docena de placeres conseguidos por una reivindicación laboral a tono con la disciplina austera de los tiempos.

Ahora se fundamenta un recuerdo nítido a los progenitores de la idea porque de dos copas y cuatro cantecillos de taberna fraguaron, sin querer, un reino que duraría al menos cien años, hasta aquí; con la fuerza que se le avecina porque los filones no están en agonías y las malas rachas también se superan. Es Velada Centenaria que no es poco y suenan voces de aclamación por los restos de tartessos y las salomónicas identidades que le dieran empaque bíblico.

Ya con cien años cualquiera es viejo pero a los pueblos un siglo les rejuvenece. El caso es que se comienza a celebrar con la grandeza con que se descubren las cosas pequeñas para los ciudadanos humildes. Ya sonó el primer clamor en Tharsis con eco de reto, ya se apuesta por lo

más grande y entre todos se deshilachan de tiempo para arrimarse a los umbrales de bienestar; se quieren solemnes en la consagración del acto aunque tímidos en los gestos, se anuncian traje nuevo, camisa blanca, corbata y sosiego, a compás del sentir. Compaginando en el almacén del alma el trajín de todos los días con un hueco ritual para los bailes, imprescindibles en la armonía de la razón de la fiesta.

Es la hora de Tharsis, otra vez, sin pesares, con calmas y prisas, acercamiento a los roces con la vecindad, a los que vienen de cerca y de lejos, a los que llegan para conocer y a quienes desean seguir trabajando mientras los demás se divierten.Es hora de Tharsis con la novedad única de una Velada Centenaria.

 

 

 

 

                                           Ramón Llanes. 1-7-98.

 

LA CALLE


LA CALLE

 

 

            Una melodía especial tiene la calle, el sonido huele, el olor es música, el color se extiende a los pasos que damos, nos persigue, nos ilustra, nos embelesa; la calle posee ese encanto de libertad que no conceden las paredes ni las ventanas, la calle conduce a todos los caminos, está envuelta en tránsitos y calmas, se hace cada mañana, se respira sola, se amedrenta de los que la requieren sin respeto y se fuga del ámbito como una mariposa se esconde en su nada efímero. Consumir la calle es crecer en sensualidades, es aprender a estar despiertos el trecho largo de la convivencia, es pasear por los ojos de las gentes y entretenerse en la jerarquía de una ansiedad dispuesta al impulso o la espontaneidad; se fraguan en la calle los avisperos del negocio de entenderse y se enfunda cada cual su delirio por haberla pertenecido y haberla obtenido plena de sustancia en tan solo un reguero de andares por la placidez de estos ígneos columpios de estancia que son por extensión la grandeza de la calle.

            Acaso pueda ser el soplo necesario para constituir la inspiración o la armonía que se estaba buscando para no se sabe cuántos plenos de aciertos; a veces absorta, a veces pendiente, el vestido de la calle aparece como la sombra del paseante y está en la prisa y en la conversación, se desacelera o se hace bulla hasta obtener esa escondida verdad que quizá se deslice por los zapatos o las prendas y  advierta a todos del vicio de teatralidad que la define.

            Puestos a considerar el legado de tan versátil escenario, interesa pulirse en soportales, adoquines y losetas para acostumbrase a no disimular el desconocimiento de la calle como un parvulario que por primera vez la saborea. La calle tiene también sus códigos éticos creados en su aire, escritos en su compleja identidad y que a la vez sirven de soporte a la idiosincrasia de su ciudad o pueblo. La calle hace que los vocablos, los gestos, las formas e incluso los sentimientos de un núcleo concreto sean parecidos en gran parte de su contexto. Los seres que habitan la frecuencia de la calle se parecen en el habla y en las ilusiones, se corresponden en el trato y se estimulan por moldes similares. Acaso la calle sea exclusivamente la vida.

 

 
            Ramón Llanes.

viernes, 18 de enero de 2019

CONSUMIDORES DE SUEÑOS


CONSUMIDORES DE SUEÑOS

 

                Aún a estas alturas de la vida, con la longitud extrema, la altitud infinita, la medida larga y los recuerdos acumulados, existen razonables dudas sobre la exacta determinación de dos conceptos que persiguen los gráciles eventos del gremio humano; no aparecen definidos los parámetros que identifican con nitidez realidad y fantasía. Los ensayos sobre estos dos conceptos aportan innumerables conclusiones que no vienen al caso porque de cierto el mundo se mueve apaciblemente entre ambos sin desmerecer al primero ni acoger al segundo o viceversa.

                Por este lateral de enero, con frío al trapo y abrigo al uso, se cuelan los cuentos con sus cargas ruidosas de fantasía, se preservan sueños ingenuos, miradas únicas, abrazos íntimos y emociones vestidas de ropaje mágico para solventar  acaso que es invierno o quizá que la historia inmortalizara modos de realzar la vida. De ahí la proliferación de invenciones amables que inyectan ese mínimo de estrés optimizado que produce favores de sonrisas, otorga animosidad para continuar la senda y enseña una expectativa que confirma la complicidad en el reparto de las actitudes benignas. Es así: realidad y fantasía hechas desde la conspiración de los deseos formando ese consumismo de sueños que tan celosamente conservan los tiempos sin apenas defecto y con la virtuosidad de la sorpresa.

                De hecho vinieron seres a poner prendas en la ilusión y regalos en el alma y de hecho el giro del globo olvidó magia en otros lugares; el capricho de la extravagancia en la distribución de los sueños suele traer olvidanzas y descuidos. Y de aquellos que duermen en la loa de una realidad desahogada dependen los contratos solidarios para aquellos otros que la sueñan. Se echa en falta aún mucha realidad para extender la fantasía o acaso a la viceversa.

 
                Ramón Llanes.