RAMÓN LLANES

BLOG DE ARTE Y LITERATURA

miércoles, 16 de enero de 2019

EL PATIO


 

         EL PATIO.

 

Es jueves en toda la ciudad que el tiempo no hace altos para celebraciones de terraza, rulos y rimel de droguería. Eso, jueves sin remedio, para Petra, Tomás, Lelo y Paca, jueves para todos, sin saber que la espera no tiene nombre de hembra ni es un vozarrón quien la anuncia. Al poco de las once se abre el patio a la fragancia de los vecinos, aún no hierve la olla, canta el jilguero harto de presidio, suena en la radio una canción de Peret, el gato invita a la destreza y los geranios, como si nada, secos. Pasta, toda; frescachona la Petra, dormilón el Lelo, tumbao Tomás y lenta la Paca, un cuadro, un cuadro más quieto que la lavadora, el último enjuague se fue por la cañería antes del invierno. Es mejor lavar a mano, dice Paca; a mano tranquila, de mes a mes una y por vergüenza, más que por ganas.

Los cuatro vecinos no tienen edad para vaguezas ni paro que les dure un siglo pero cualquier chapucillo alivia el puchero, no se necesita tanto para estar pendientes de la vida, a ellos les va que la vida les mime. A los treinta y tantos de cada uno -las mujeres aún conservan la dignidad suficiente como para quitarse alguno-, las metas están cumplidas y todo se resume al trajín del patio, elemento común que las dos parejas conservan como oro en paño, dentro de sus posibilidades (entiéndase ganas) para tenerlo como mesa, comedor, mentidero y, a veces, dormitorio (también común). A poco de las once le llega turno de patio al cincuenta por ciento de la población y entran en escena de bata Paca y Petra, cubo va fregona viene, pilistra, babuchas y conversación, a medio pulmón, que los reyes sueñan cosas mejores y practican el saludable don del descanso para no estrenar los músculos que aún permanecen intactos en el cuerpo, como también gran parte del cerebro, así, sin gastar, con gallardía y honra. Conversación en el patio con radio y pájaro amordazados; Petra, triste como las magnolias; Paca bostezando humo, otro cuadro. Por la puerta de atrás aparece Lelo, tiritando de hambre, no tiene fuerzas para tiritar de otra cosa, levantando las manos en señal de ayuda y abriendo la boca como los lobos; se restriega los ojos con parsimonia, hace como que se limpia las legañas, dice buenos días y cae sentado en el banco del patio, es un decir, porque parece que se desmaya; queda inconsciente treinta minutos, treinta minutos que le come terreno al sueño y se libera de maquinar para tener la obligación de engullir algo que sirva para engañar al hambre. Sentado de tal manera pide agua y un cafelito y le cae un “ve tú” que le tiembla el cogote, se amedrenta y corrige la petición haciéndose el dormido. A la escena Tomás, descalzo de pies y manos, tarareando “el probe Migué”; llega al cónclave como si trajera todas las soluciones en la memoria y los reúne con animación junto a las flores; todos acuden y en un santiamén de quince minutos la concurrencia presenta quorum suficiente como para oír y callar que es lo máximo que se pide. Tomás propone montar un cuadro flamenco entre los cuatro para chuparse el verano correteando ferias a poco más que lo necesario para viaje, merienda, cena y almuerzo, que a dormir ya ayuda el destino.

Se levanta la sesión -que no ellos- con consenso, acuerdan ensayar siempre por las tardes para no estropear las mañanas de sueño, alquilarán trajes de gitana con peineta y caireles, una guitarra, dos panderetas y un tambor de muchos rocíos. Cuatro sevillanas por aquí, dos rumbitas, y como palo fuerte el Lelo por fandangos, que los aprendió durante su estancia en Alemania en un tablao. Ahí queda eso, el cuadro, con telarañas y sin “arcayatas”, cuatro barandas que intentan perder la vida por esos andurriales de Dios, jarguíos y trapalones pero con una miaja de arte por esos cuerpos. Aquí, el cuadro flamenco, “El Patio”.  

 

 

 

 

 

 
                                  R. Llanes 

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